lunes, 18 de mayo de 2026

Ella buscó servir a los demás....

Mucho antes de que el mundo escuchara el nombre Obama, había una joven curiosa llamada Stanley Ann Dunham.
Nació en Wichita, Kansas, en 1942. Su familia se mudaba a menudo, pero creció principalmente en Mercer Island, Washington, donde se graduó de la escuela secundaria en 1960. Sus compañeros de clase la recordaban como la chica que cuestionaba todo. Ella desafió a los maestros. Ella desafió las normas. Ella desafió la idea de que la vida de una chica se suponía que se pareciera a la de los demás.
A los 18 años, mientras estudiaba en la Universidad de Hawaii, se enamoró de un estudiante keniano llamado Barack Obama Sr. Se casaron. Ella dio a luz a un niño en Honolulu en agosto de 1961 y lo puso así por su padre.
La mayoría de la gente habría dejado de soñar justo ahí.
Ann recién estaba empezando.
Cuando terminó su primer matrimonio, más tarde se casó con un hombre indonesio llamado Lolo Soetoro, y en 1967 se mudó a Yakarta con su hijo de 6 años. La vida en Indonesia no fue fácil. El país era pobre. El idioma era nuevo. La cultura era extranjera. La mayoría de las madres jóvenes estadounidenses en su posición se habrían sentido abrumadas.
Ann se enamoró del lugar en su lugar.
Se matriculó en la escuela de posgrado en antropología y comenzó a caminar directamente hacia las aldeas que la mayoría de expertos en desarrollo sólo estudiaban desde lejos. Ella se sentó junto a herreros en sus forjas en pueblos javaneses. Pasaba horas con mujeres en sus telares, viéndolas tejer. Escuchó a las madres explicar cómo alimentaban a sus familias con casi nada. Lo escribió todo en cuadernos que un día llenarían un archivo universitario.
Y lentamente, algo importante comenzó a formarse en su mente.
En ese momento, la idea prevaleciente en el desarrollo global era que los países pobres seguían siendo pobres debido a su "cultura. "Tradiciones perezosas. Malos hábitos. Pensamiento atrasado. Era una teoría cruel y perezosa, pero estaba en todas partes.
Ann miró a la gente a su alrededor y vio lo contrario.
Ella vio artesanos brillantes que habían estado perfeccionando su comercio durante 1.200 años. Ella vio a mujeres dirigiendo pequeños negocios con una disciplina asombrosa. Ella vio comunidades llenas de habilidad, inteligencia y esfuerzo. Lo que les faltaba no era carácter. Lo que les faltaba era capital. Un pequeño préstamo. Un poco de confianza. Una oportunidad justa.
Así que pasó el resto de su vida tratando de dársela.
Se unió a la Fundación Ford en Yakarta y se convirtió en su oficial de programa para mujeres y empleo. Ella fue consultada para USAID. Ella trabajó en Pakistán con el Banco de Desarrollo Agrícola. Pasó años con el Bank Rakyat Indonesia, ayudando a dar forma a lo que crecería en uno de los sistemas de microfinanciación más grandes del mundo. Pequeños préstamos a mujeres rurales. Pequeños préstamos a agricultores. Pequeños préstamos a tejedores y herreros y vendedores de pescado. Préstamos que la mayoría de los bancos pensaban que eran demasiado pequeños para molestarse.
Esos pequeños préstamos cambiaron millones de vidas.
Las mujeres que nunca habían tenido dinero propio comenzaron pequeños negocios. Ellos pagaron las escuelas de sus hijos. Han acumulado ahorros. Rompieron ciclos de pobreza que habían durado generaciones.
En 1992, a la edad de 49 años, después de 14 años de investigación de campo, Ann finalmente obtuvo su doctorado en antropología. Su tesis tenía más de 1.000 páginas. Un antropólogo lo llamó clásico.
Ella también crió a dos niños extraordinarios. Barack, y su hermana menor Maya, nacidos en Yakarta en 1970.
En 1994, mientras trabajaba en Indonesia, Ann comenzó a sentirse mal. Ella regresó a los Estados Unidos y fue diagnosticada con cáncer. Ella luchó por más de un año. El 7 de noviembre de 1995, justo antes de cumplir 53 años, falleció en Honolulu.
Ella no vivió para ver lo que pasó después.
Ella no vivió para ver a su hijo convertirse en senador de los Estados Unidos. Ella no vivió para verlo dar el discurso que hizo una pausa nacional. Ella no vivió para verlo ganar la presidencia en 2008, o jurar como el 44o presidente de los Estados Unidos.
Pero cada valor que llevaba a esa oficina era de ella.
La creencia de que cada persona merece dignidad. La creencia de que la pobreza no es un defecto de carácter sino una circunstancia. La creencia de que un trabajo pequeño, firme y silencioso suma un enorme cambio. La creencia de que el mundo mejora una aldea, una mujer, un préstamo, una oportunidad a la vez.
Ann Dunham nunca buscó la fama. Ella buscó comprensión. Ella buscó utilidad. Ella buscó servir a las personas que la mayoría del mundo había aprendido a ignorar.
Algunos legados son fuertes. Otros, como el de ella, cambian el mundo silenciosamente de un taller en Java, un tejedor y un herrero y un pequeño préstamo a la vez.
Y a veces, solo a veces, los callados levantan a las personas que un día se pondrán frente a todo el mundo y le recuerdan las lecciones que sus madres les enseñaron hace mucho tiempo. Síguenos Perdidos en Ayer.
by American Old History
#reflexionesdevida #Resiliencia #Superación #Paz #sanarelalma #reflexiones #fblifestyle #Aprendizaje #liberación
Buenas tardes, feliz descanso estimados lectores!
Uploaded Image

¿Buscas la Verdad? Ve al Libro


Por Rick Warren

"Toda la escritura es inspirada por Dios y es útil para enseñarnos lo que es verdad y para hacernos ver lo que está mal en nuestra vida. Nos corrige cuando estamos equivocados y nos enseña a hacer lo correcto. Dios la usa para preparar y capacitar a su pueblo para que haga toda buena obra". 2 Timoteo 3:16-17 (NTV)

La Biblia contiene enormes cantidades de verdad. Y la manera en que te acerques a la Biblia determinará cuánto obtienes de ella.

Si te acercas a la Biblia como un escéptico, será un libro cerrado para ti. Si te acercas a la Biblia con reverencia y humildad, encontrarás que se abre como una flor.

Acércate con un corazón abierto y con la voluntad de que Dios te enseñe. "Así que no dejamos de dar gracias a Dios, porque al oír ustedes la palabra de Dios que les predicamos, la aceptaron no como palabra humana, sino como lo que realmente es, palabra de Dios, la cual actúa en ustedes los creyentes" 1 Tesalonicenses 2:13 (NVI).

Observen que la Biblia dice ser la Palabra de Dios. Eso la hace diferente de cualquier otro libro. ¿Por qué? Porque a través de la oración, puedes hablar con su Autor y hacer preguntas cada vez que la leas.

Tenemos muchos libros en nuestra casa. Y todos son buenos libros. Pero sólo un libro es el libro.

2 Timoteo 3:16-17 dice:  "Toda la escritura es inspirada por Dios y es útil para enseñarnos lo que es verdad y para hacernos ver lo que está mal en nuestra vida. Nos corrige cuando estamos equivocados y nos enseña a hacer lo correcto. Dios la usa para preparar y capacitar a su pueblo para que haga toda buena obra” (NTV).

¿Qué significa que la Escritura sea inspirada por Dios? Dios usó a los humanos para escribir las palabras de la Biblia, pero vinieron directamente de Él. Eso diferencia a la Biblia de cualquier otro libro.

Esos versículos dicen que la Palabra de Dios es buena para cuatro cosas.  Te muestra la verdad, expone tu rebelión, corrige tus errores, y te enseña a vivir a la manera de Dios. En otras palabras, la Palabra de Dios te muestra el camino por el cual caminar, cuándo has dejado el camino, cómo volver al camino y cómo permanecer en el camino.

La Biblia te recuerda también que la Palabra de Dios durará: "El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras jamás pasarán" Mateo 24:35 (NVI).

Cuando te enfrentes a preguntas de lo que es verdad o lo que es correcto en la vida, ve a la Biblia esperando encontrarte con Dios allí. Verás que es un libro como ningún otro.

Reflexiona sobre esto
  • ¿De qué manera tu acercamiento a la Biblia determina lo que obtienes de ella? Si es posible, señala una experiencia de tu propia vida.

  • ¿Qué diferencia a la Biblia de otros libros?

  • ¿Cuándo te ha mostrado la Biblia cómo volver al camino correcto cuando has tropezado sin rumbo?


Hoy puedes tomar la decisión más importante de tu vida. Haz clic AQUÍ.

Visita nuestra página para conocer más de nuestro ministerio de Esperanza Diaria

Más recursos en español y en otros idiomas incluyendo ASL — Lenguaje de Signos Americano RickWarren.org

Recibe durante un mes un versículo de inspiración diario por WhatsApp

Síguenos en Instagram & Facebook 

¡Comparte este devocional con tus amigos y familiares!

¿Y cómo van a creer en él, si no han oído hablar de él? ¿Y cómo van a oír, si no hay quien les anuncie el mensaje? ROMANOS 10:14 (DHH)

"Tengo 80 años, corro maratones y cuando me dan un trofeo miro al cielo: es para mi mujer y mis padres"



Lo sorprendente no es solo que haya completado dos maratones, sino que empezó a correr a los setenta años, cuando mucha gente ya ha decidido que determinadas puertas están cerradas para siempre

A las siete de la mañana, cuando Alcobendas todavía parece una ciudad a medio encender, Manolo Chiroza Avilés ya sabe que el día no se negocia sentado en el sofá, sino poniéndose las zapatillas, saliendo a la calle y aceptando que el cuerpo, incluso con ochenta años cumplidos y camino de los ochenta y uno, puede seguir obedeciendo a una cabeza que no se resigna. Durante décadas fue guardia civil de tráfico, motorista, hombre de carretera, uniforme y disciplina; ahora corre a pie, sin moto, sin sirena y sin más combustible que la voluntad. Lo sorprendente no es solo que haya completado dos maratones, sino que empezó a correr a los setenta años, cuando mucha gente ya ha decidido que determinadas puertas están cerradas para siempre.


Dónde vive?

Vivo en Alcobendas, en Madrid, y allí es donde hago mi vida, donde entreno, donde voy al gimnasio y donde tengo a mucha gente que me conoce, me anima y me dice muchas veces que soy un ejemplo, aunque yo no me levanto por la mañana pensando en ser ejemplo de nadie, sino en seguir haciendo lo que me gusta y en no dejarme caer.

¿Cómo empezó en su vida el mundo del running?

Empezó muy tarde, empezó cuando yo tenía 70 años, y eso es lo curioso, porque hasta entonces había hecho mucho deporte, había ido al gimnasio, había hecho spinning, pesas, estiramientos y muchas cosas para mantenerme fuerte, pero correr, lo que se dice correr, no había corrido nunca. Fueron unos amigos del Club de Corredores de Alcobendas los que empezaron a decirme que tenía que probar, que yo estaba muy fuerte, que tenía buen cuerpo para el deporte, que solo necesitaba acostumbrar los gemelos y las piernas, y yo al principio les decía que no, que cómo iba a ponerme a correr con 70 años, que eso ya no era para mí, pero insistieron tanto y me lo dijeron con tanta confianza que al final probé.


¿Y qué ocurrió cuando probó?

Pues ocurrió que me enganché, porque al principio cuesta, claro que cuesta, sobre todo cuando uno no ha corrido nunca y tiene que enseñar al cuerpo una cosa nueva, pero en tres o cuatro meses empecé a notar que las piernas respondían, que los gemelos se acostumbraban, que el cuerpo aceptaba ese esfuerzo, y poco a poco pasé de correr cinco kilómetros a correr diez, luego veinte, después medias maratones, y al final terminé haciendo maratones completas, algo que jamás habría imaginado cuando tenía 70 años y pensaba que correr no era para mí.

¿Antes de los 70 nunca había corrido?

Nunca. Había hecho deporte, sí, porque a mí siempre me gustó moverme, cuidarme y tener el cuerpo fuerte, pero correr no. Nunca había sido corredor, nunca había salido a hacer kilómetros, nunca había pensado en preparar una carrera ni en ponerme un dorsal, y por eso creo que mi historia puede servir a mucha gente, porque demuestra que nunca es tarde si uno tiene voluntad, cabeza y constancia.

¿Qué le dijeron aquellos compañeros para convencerle?

Me dijeron que estaba muy bien preparado físicamente, que tenía mucha fuerza en el cuerpo, que no partía de cero aunque no hubiera corrido nunca, porque el gimnasio y el deporte me habían dado una base, y que lo único que necesitaba era paciencia para que las piernas se acostumbraran. Me decían que en unos meses estaría corriendo bien, y tenían razón, porque en tres o cuatro meses ya empecé a sentirme corredor, aunque todavía me pareciera mentira.

¿Cómo se define ahora: runner, corredor, maratoniano?

Yo no soy mucho de ponerme etiquetas, pero está claro que soy corredor y que soy maratoniano, porque he hecho dos maratones de Madrid, la Rock’n’Roll Madrid Maratón, y este año quería hacer la tercera, pero he tenido una lesión en el talón de Aquiles que me ha parado un poco. Aun así, no lo doy por perdido, porque una cosa es estar lesionado y otra rendirse, y yo lo que quiero es recuperarme bien para seguir corriendo.

¿Qué significa para usted una maratón?

Una maratón son 42 kilómetros y 195 metros, que no hay que olvidarse de esos 195 metros porque también hay que hacerlos, y para mí significa ponerse delante de uno mismo, porque al principio vas con la ilusión, con la gente, con el ambiente y con las piernas frescas, pero cuando pasan los kilómetros y llega el cansancio, ya no corres solo con el cuerpo, corres con la cabeza. En una maratón uno se pregunta muchas veces qué pinta allí, sobre todo cuando tiene mi edad, pero también se responde que ha ido a terminarla y que debe seguir hasta la meta.


¿Cuál ha sido su mejor tiempo?

La primera maratón la hice en 5 horas y 10 minutos, y la segunda la hice en 4 horas y 50 minutos, que para mí fue una alegría muy grande, porque no se trata solo del tiempo, sino de demostrarme que podía mejorar, que podía seguir entrenando y que el cuerpo todavía tenía margen. Yo no corro para ganar a nadie, corro para terminar, para sentirme vivo y para demostrarme que la edad no tiene por qué ser una sentencia.

¿Cómo se mentaliza un hombre de 80 años antes de correr 42 kilómetros?

La mentalidad es prepararla bien durante dos meses, entrenar, cuidar la alimentación, escuchar el cuerpo y, cuando llega el día, no obsesionarse con el reloj ni con el tiempo. Yo salgo pensando en la meta, solo en la meta, y durante la carrera procuro beber, alimentarme y no dejar que la cabeza se vaya a pensamientos negativos. Si empiezas a pensar en todos los kilómetros que faltan, te hundes; si piensas solo en avanzar, en llegar al siguiente tramo y en no abandonar, entonces sigues.

¿Qué pasa por su cabeza durante la carrera?

Pasan muchas cosas, y algunas son duras, porque cuando llevas muchos kilómetros y el cuerpo empieza a doler, piensas: “¿Pero qué hago yo aquí con la edad que tengo?”. También me acuerdo de mi padre, de mi madre y de mi mujer, que falleció hace 17 años, y pienso que se sentirían orgullosos de verme correr entre tanta gente, con un dorsal puesto y sin haberme rendido. Esos pensamientos me acompañan mucho, porque correr también es una forma de hablar con los que ya no están.

¿Hay tentaciones de abandonar?

Claro que las hay, muchas, porque una maratón no es un paseo y el que diga que no se sufre corriendo, yo creo que miente. Se sufre, sobre todo cuando llegas a determinados kilómetros y notas que las piernas pesan, que el cuerpo protesta y que la cabeza empieza a buscar excusas para parar, pero ahí es donde uno tiene que decirse: “No, hemos venido a esto y hay que acabarlo”. La cabeza es fundamental, porque si la cabeza te dice que abandones, abandonas, pero si la cabeza te dice que sigas, aunque sea más despacio, sigues.

¿Cuál es el momento más difícil de la Maratón de Madrid?

Para mí, el momento más duro es la Casa de Campo, sobre todo alrededor del kilómetro 30, porque ahí aparece lo que llaman el muro de la maratón y además todavía quedan unos doce kilómetros muy exigentes, con subida y con mucho cansancio acumulado. En ese momento tienes que cambiar la forma de pensar, porque si miras lo que falta se te hace enorme, pero si te dices que ya has hecho 30 kilómetros y que ya queda menos, entonces encuentras fuerzas para continuar.


¿Cómo reacciona la gente cuando le dice que tiene 80 años y corre maratones?

Mucha gente no se lo cree, porque me ven físicamente bien, con un cuerpo de haber hecho deporte toda la vida, y quizá no aparento los 80 años que tengo, pero cuando les digo mi edad se quedan sorprendidos y me dicen que lo mío es un triunfo. Yo lo agradezco mucho, porque no hay tantos maratonianos de 80 años, y aunque conozco corredores mayores, la mayoría están en los 67, 68 o 70 años; con 80 ya somos pocos.

¿Cuál es su altura y su peso?

Mido 1,66 y peso alrededor de 70 kilos, y procuro mantenerme ahí porque para correr es importante no descuidarse, no coger peso de más y cuidar el cuerpo, especialmente a mi edad. No se trata de hacer cosas raras, sino de comer bien, entrenar, descansar cuando toca y no abusar.

¿Cómo cuida la alimentación?

Me cuido bastante, porque sé que la alimentación es una parte importante de todo esto. No como bollería, no como mucha grasa, no abuso de cosas que sé que no me convienen, y en cambio tomo mucho pollo, pollo asado o cocido, pescado blanco, verduras, patatas, remolacha y alimentos sencillos pero buenos. También como mucha fruta: manzana, pera, mandarina, naranja, plátano, y frutos secos como nueces, almendras, pasas o dátiles sin hueso. No hago una dieta extraña, pero sí intento comer sano y darle al cuerpo lo que necesita.

¿Cómo es una semana normal de entrenamiento?

Corro los lunes, miércoles, sábados y domingos, normalmente entre hora y media y dos horas, dependiendo del día, del entrenamiento y de cómo me encuentre. Luego, los martes, jueves y viernes voy al gimnasio para reforzar el cuerpo, porque no basta con correr: hay que trabajar pecho, dorsal, bíceps, tríceps, piernas y todo lo que ayuda a que el cuerpo esté fuerte. Creo que a mi edad la fuerza es muy importante, porque te protege de lesiones y te permite seguir funcionando.

¿No le da pereza algún día?

Algún día sí, claro, porque todos somos humanos y hay días en que uno se levantaría más tarde o se quedaría descansando, pero la costumbre y la disciplina tiran mucho. También tenemos lo que yo llamo el jefe de la tribu, que es quien marca un poco el ritmo del grupo, y cuando dice que toca descanso, se descansa, pero cuando toca entrenar, se entrena. La pereza se vence saliendo, porque si empiezas a pensarlo demasiado, te quedas en casa.

¿Ha tenido muchas lesiones?

En los diez años que llevo corriendo he tenido dos lesiones importantes. Una es la de ahora, en el talón de Aquiles, que me ha tenido parado alrededor de mes y medio, aunque ya estoy bastante mejor; y la otra fue en el gemelo derecho, donde tuve una rotura de fibra y estuve parado unos dos meses. Para llevar diez años corriendo, y con mi edad, creo que no me puedo quejar, porque el cuerpo se ha portado bastante bien conmigo.

¿Qué beneficios le ha dado correr?

Para mí, correr y hacer deporte ha sido de lo mejor que he hecho en mi vida, porque me mantiene activo, me mantiene fuerte y, sobre todo, me mantiene la cabeza ocupada en algo bueno. Yo no pienso en los años que cumplo ni en los años que tengo, pienso en que debo seguir haciendo deporte, funcionando, saliendo, entrenando y cuidándome. La cabeza la tengo metida en el deporte, y eso me da vida.

¿Qué piensa la gente joven cuando le ve?

Muchos jóvenes se sorprenden y me preguntan cómo lo hago, y yo les digo que se consigue lo que uno quiere si pone fuerza, voluntad y cabeza. También les digo que hay que dejar cosas, porque no se puede querer correr, estar fuerte y al mismo tiempo abusar del tabaco, de la bebida o de estar todo el día sentado. Las carreras enganchan, pero primero hay que animarse, empezar poco a poco y no abandonar a la primera dificultad.

¿Usted fumaba antes?

Sí, yo fumaba mucho, fumaba dos paquetes diarios, pero lo dejé hace 44 años y desde entonces no he vuelto a fumar. Beber, bebo muy poco; quizá en las fiestas del pueblo me tomo un cubata o dos, pero nada más. Para hacer deporte de verdad hay que quitarse ciertas cosas de encima, porque el cuerpo lo nota todo.

¿A qué se dedicó profesionalmente?

He sido guardia civil de tráfico, motorista, y esa ha sido mi profesión de toda la vida. Pasé muchos años en la carretera, encima de la moto, y ahora a veces, cuando estoy corriendo y sufriendo, pienso que si tuviera la moto no me costaría tanto llegar a la meta. Antes corría con la moto y ahora corro a pie, y eso me hace gracia, porque quién me iba a decir a mí entonces que terminaría haciendo maratones con 80 años.

¿Qué siente cuando en las carreras le reconocen?

Siento orgullo, porque voy a muchas carreras y hay gente que me conoce, que me grita “¡vamos, Manolo!”, que me anima y que me trata con mucho cariño. También en el gimnasio los monitores me señalan a veces y dicen que soy un ejemplo, y eso le gusta a uno, claro, porque significa que lo que haces no solo te sirve a ti, sino que puede animar a otros.

¿Le dan premios?

Sí, muchas veces me dan trofeos por ser el mayor de la carrera, y tengo ya un montón de trofeos en casa. Pero lo más importante para mí no es el trofeo en sí, sino el momento de subir, recogerlo y mirar al cielo, porque mi mujer falleció hace 17 años y mis padres tampoco están. Cuando me dan un premio, lo primero que hago es mirar hacia arriba, como si se lo enseñara a ellos, como si les dijera: “Mirad, sigo aquí, sigo corriendo, sigo haciendo cosas”.

¿Ese gesto de mirar al cielo qué significa para usted?

Significa mucho, porque uno no corre solo con las piernas, también corre con la memoria y con todo lo que ha vivido. Yo pienso en mi mujer, en mis padres, en lo orgullosos que se sentirían si pudieran verme con esta edad, rodeado de corredores, subiendo a recoger un premio y sin haberme rendido. Mis compañeros ya saben que voy a mirar al cielo, y a veces me lo dicen con cariño, porque saben que para mí ese momento es muy importante.

¿Se considera una inspiración para los demás?

Sí, creo que de alguna manera lo soy, aunque no lo diga por presumir. Cuando la gente me ve entrenar, correr o ir al gimnasio con 80 años, muchos piensan que si yo puedo moverme, cuidarme y tener ilusión, ellos también pueden hacer algo por su vida. Eso me hace sentir orgulloso, porque no hay mayor satisfacción que ver que tu esfuerzo ayuda a otros a levantarse del sofá.

¿Hasta qué edad se ve corriendo?

Me gustaría llegar a los 90 años corriendo, lo digo de corazón. No sé si podré, porque eso no depende solo de uno, pero mientras el cuerpo me responda y las pruebas médicas salgan bien, yo quiero seguir. Antes de las maratones me hago pruebas de esfuerzo, me controlo, y una cardióloga le dijo a mi hija, que es enfermera: “Maite, tu padre no se va a morir nunca”. Eso a uno le alegra mucho, porque te confirma que estás haciendo las cosas bien.

¿Y por qué no llegar a los 100 corriendo?

Pues ojalá, claro que ojalá. Yo digo 90 porque mi padre murió con 95 años y quizá uno se pone esa edad como referencia familiar, pero si puedo llegar más lejos, mejor. Mi corazón quiere llegar más lejos, mi cabeza también, y mientras pueda seguiré corriendo, aunque sea más despacio, porque lo importante no es correr como un joven, sino seguir en marcha.

¿Cuál es su gran mensaje para quien lea esta entrevista?

Mi mensaje es que uno hace en la vida lo que se propone, siempre que tenga cabeza y voluntad. Si te propones quedarte sentado, beber, fumar y no moverte, eso será lo que harás; pero si te propones cuidarte, entrenar, levantarte y salir, también puedes hacerlo. La cabeza manda mucho más de lo que creemos, y yo soy la prueba de que se puede empezar tarde y aun así llegar muy lejos.

¿Qué le gustaría que quedara de su historia?

Me gustaría que quedara la idea de que nunca es tarde para empezar, que la edad no tiene que ser una excusa y que correr, aunque haga sufrir, también da una alegría enorme. Yo empecé a los 70 años, he hecho maratones, tengo amigos, tengo trofeos, tengo salud y tengo ilusión. Y cuando cruzo una meta, aunque llegue cansado, siento que he ganado algo que no se mide solo en kilómetros.

Ella buscó servir a los demás....

Mucho antes de que el mundo escuchara el nombre Obama, había una joven curiosa llamada Stanley Ann Dunham. Nació en Wichita, Kans...