martes, 15 de septiembre de 2026

POR ENTROPÍA, EL TRABAJO SE PIERDE. ES LEY.


POR ENTROPÍA, EL TRABAJO SE PIERDE. ES LEY.
Hay algo que el buscador tarda demasiado en aceptar: nada de lo que alcanza interiormente queda asegurado por haberlo alcanzado una vez. Tuviste una comprensión verdadera, viste una mecanicidad con una claridad que parecía imposible olvidar, sentiste el cuerpo de una manera nueva, apareció durante algunos minutos una atención más libre, experimentaste una relación entre pensamiento, sentimiento y sensación que no dependía enteramente de tu voluntad ordinaria; y entonces una parte de ti concluyó: «ya lo tengo». Ése es el comienzo de la pérdida. No porque aquella experiencia haya sido falsa, sino porque convertiste un acontecimiento vivo en propiedad. Al día siguiente despiertas y la vieja organización está ahí. Las mismas asociaciones, la misma prisa, las mismas tensiones, los mismos temores, la misma necesidad de tener razón. Quizá queda un recuerdo de lo que viste, pero recordar la presencia no es estar presente. Saber cómo se siente la atención no es atender. Haber comprendido no significa comprender ahora. Éste es el sentido en que podemos utilizar la palabra entropía como imagen para el Trabajo, con una precisión importante: no estoy afirmando que la segunda ley de la termodinámica constituya una doctrina de Gurdjieff ni que la vida interior pueda reducirse físicamente a una ecuación termodinámica. Hablo de una evidencia experimental: lo que no es renovado tiende a perder su organización. Una habitación ordenada vuelve al desorden si es usada y nadie la atiende. Un instrumento afinado pierde su afinación. Un cuerpo entrenado pierde capacidad cuando deja de ejercitarse. Y nuestra vida interior muestra algo semejante: la atención se dispersa, la sensación se debilita, el propósito se olvida, las asociaciones recuperan el terreno y la personalidad vuelve a organizar la experiencia alrededor de sus intereses habituales. El sueño no necesita esfuerzo. La identificación no necesita entrenamiento. La imaginación no necesita que la invoques. Todo eso ya posee caminos establecidos por años de repetición. Lo que requiere condiciones es el regreso. Por eso el Trabajo no puede almacenarse. Puedes almacenar información sobre el Trabajo. Puedes recordar frases, aprender los diagramas, estudiar los centros, conocer la octava, hablar de hidrógenos, citar a Gurdjieff, Jeanne o Michel. Puedes incluso conservar el recuerdo emocional de momentos extraordinarios. Pero no puedes guardar en una caja la atención de ayer y utilizarla hoy. La presencia no tiene cuenta de ahorros. Esta mañana empiezas de nuevo. No completamente desde cero, porque el trabajo anterior puede haber dejado una sensibilidad, una huella, una capacidad de reconocer más rápidamente ciertos estados; pero ninguna huella sustituye el acto actual. Y aquí aparece una diferencia esencial entre acumulación y formación. El conocimiento se acumula. El ser necesita formarse. Puedo añadir una idea a otra indefinidamente, pero una relación interior necesita renovarse. Michel de Salzmann vuelve constantemente a este regreso: reconocer otra calidad de atención, volver a ella, no dejar pasar demasiado tiempo sin regresar. No se trata de capturar un estado y mantenerlo por violencia. Precisamente ahí aparece otra forma de entropía: quiero conservar lo vivido y comienzo a tensarme. Siento los pies con fuerza, fijo la respiración, vigilo mis pensamientos, intento que nada rompa «mi presencia». Ya no estoy presente; estoy defendiendo una forma. Jeanne de Salzmann advierte precisamente contra quedar apegado a la forma del esfuerzo y crear tensión para conservarla. Lo vivo se ha convertido en técnica. La técnica se ha convertido en hábito. El hábito continúa funcionando cuando la pregunta que le daba sentido ya murió. Esto puede suceder incluso con un sitting. Al principio había necesidad. Me sentaba porque algo en mí realmente preguntaba. Después aprendí la postura, el recorrido de la sensación, la manera de relajarme, las palabras interiores, y lentamente el ejercicio comenzó a ejecutarse solo. Cumplo. «Hice mi práctica.» Pero ¿quién estuvo allí? La máquina puede aprender también a meditar. Puede aprender a respirar lentamente, a sentir ciertas partes del cuerpo, a hablar despacio, a adoptar una expresión serena. Puede incluso producir determinados estados. Éste es el peligro: la mecanicidad puede apropiarse de las formas del Trabajo sin dejar de ser mecanicidad. Por eso cada forma necesita ser reanimada por una pregunta. ¿Qué estoy haciendo? ¿Por qué estoy aquí? ¿Qué falta en este instante? ¿Dónde está mi atención? No para responder verbalmente, sino para impedir que el ejercicio se cierre. La pregunta introduce una abertura. Michel señalaba que la atención en su forma activa es inseparable de la interrogación. Cuando concluyo, la atención se duerme sobre la conclusión. Cuando permanezco delante de algo que no conozco, puede existir una necesidad de atención. Así se comprende la entropía interior de una manera más profunda: no es simplemente «perder concentración». Es la tendencia de lo vivo a convertirse en conocido, de lo nuevo a convertirse en hábito, de la experiencia a convertirse en recuerdo, del descubrimiento a convertirse en doctrina, del esfuerzo a convertirse en ritual y de la pregunta a convertirse en respuesta. El buscador empieza ardiendo y termina administrando las cenizas. Lee los mismos libros, repite los mismos ejercicios, utiliza el mismo vocabulario y quizá ya no existe ninguna necesidad detrás de ellos. Eso es perder el Trabajo mientras se conserva perfectamente su apariencia. Y puede ser peor que abandonarlo, porque quien abandona sabe al menos que no está trabajando; quien conserva la forma puede pasar veinte años convencido de que continúa. Por eso hay que empezar otra vez. Y otra vez. No como castigo. Como ley de una búsqueda viva. Lo que ayer fue verdadero necesita ser verificado hoy. Lo que viste en ti necesita ser visto nuevamente cuando adopte otra máscara. Lo que creías haber comprendido acerca del miedo tendrá que encontrarse con el próximo miedo. Lo que comprendiste acerca de la identificación tendrá que sobrevivir al próximo elogio, al próximo insulto, a la próxima pérdida. La vida vuelve a poner el Trabajo a cero para que no puedas vivir de intereses espirituales.
Pero la pérdida no ocurre solamente con el tiempo; ocurre a cada instante por dispersión. Una impresión llega y toma atención. Después otra. Después un pensamiento. Después una asociación. Después una emoción. La energía que podía estar disponible para una relación más completa queda distribuida entre decenas de movimientos que ni siquiera reconozco. Aquí la palabra entropía se vuelve especialmente útil como metáfora: lo reunido se dispersa si no existe una fuerza de relación. Por la mañana puedo levantarme con una intención verdadera: hoy quiero recordarme. Diez minutos después miro el teléfono. Aparece un mensaje. El mensaje despierta una asociación. La asociación recuerda una preocupación. La preocupación produce una conversación imaginaria. Mientras me baño ya estoy discutiendo con alguien que no está presente. Llego al desayuno y el cuerpo está allí, pero mi atención lleva media hora viviendo en una situación inexistente. ¿Dónde se perdió el Trabajo? No hubo una gran caída. Nadie lo destruyó. Se fugó en pequeñas cantidades. Ésta es una de las cosas más importantes que necesitamos aprender. Buscamos grandes enemigos de la conciencia cuando la mayor parte de nuestra energía desaparece por miles de agujeros diminutos: movimientos innecesarios, conversaciones interiores, anticipación, consideración interna, fantasía, tensión muscular, curiosidad sin dirección, necesidad de revisar una pantalla, deseo de saber qué piensan de mí, pequeñas irritaciones alimentadas durante horas. Ninguna parece grave. Juntas constituyen nuestra vida. Después decimos que «no tenemos energía para trabajar». Naturalmente. La gastamos antes de necesitarla. El Trabajo requiere una economía, pero no una economía mezquina basada en reprimir la vida. No se trata de volverme rígido y evitar impresiones para conservar energía como un avaro. Se trata de comenzar a distinguir entre gasto necesario y desperdicio. Pensar cuando es necesario no es desperdicio. Pensar la misma conversación cuarenta veces sin producir nada quizá sí. Una emoción verdadera no es desperdicio por el simple hecho de ser intensa. Alimentar durante tres días una ofensa para conservar una imagen de mí puede serlo. El cuerpo necesita tensión para levantarse, caminar, cargar, actuar. Mantener los hombros elevados mientras estoy sentado no cumple ninguna función. El Trabajo empieza a mostrarme dónde pago sin recibir nada. Y aquí el cuerpo es un instrumento extraordinario porque muchas fugas se escriben inmediatamente en él. Mandíbula. Vientre. Hombros. Frente. Respiración. Manos. Antes de comprender intelectualmente que estoy identificado, quizá pueda sentir que algo se ha cerrado. Si recuerdo sentir, no para obligarme a relajar, sino para conocer la condición, una parte de la dispersión puede comenzar a reunirse. Pero incluso esto se pierde. Siento la espalda durante cinco segundos y después desaparece. Antes consideraba ese hecho un fracaso. Ahora puedo comprenderlo de otra manera: el regreso es el Trabajo. Si pudiera mantener presencia automáticamente, no necesitaría trabajar. La pérdida misma revela la necesidad. Me fui. Lo veo. Regreso. Me fui otra vez. Regreso. La personalidad dice: «esto no funciona; llevo años perdiéndome». Pero ¿quién exige no perderse? Quizá una parte que quiere obtener presencia como posesión definitiva. Michel introduce otro sabor: no mantener por fuerza, sino volver. Existe una atención que no necesito fabricar enteramente, pero necesito hacerme disponible a ella. El esfuerzo está en regresar a la relación. Esto significa que la entropía no es solamente enemiga; puede convertirse en maestra. Cada dispersión que veo me muestra exactamente qué tiene poder sobre mí. Si siempre pierdo la atención frente a la crítica, ahí hay material. Si desaparezco ante el reconocimiento, ahí. Si el miedo económico me absorbe, ahí. Si una determinada persona puede ocupar mi pensamiento durante horas, ahí. La dirección de mi dispersión dibuja el mapa de mis identificaciones. No necesito inventar un trabajo sofisticado. La vida ya está mostrando dónde se escapa mi energía. Pero hay algo todavía más sutil. El Trabajo colectivo también está sujeto a esta degradación. Un grupo nace alrededor de una necesidad. Al principio las personas llegan con preguntas reales. Existe cierta vulnerabilidad, una búsqueda. Después aparecen costumbres. Horarios. Roles. Autoridades. Lenguaje compartido. «Así hacemos el sitting.» «Así hablamos en las reuniones.» «Esto significa tal cosa.» Poco a poco preservar la estructura puede sustituir a preservar la pregunta. La institución comienza a protegerse a sí misma. Esto no significa que las formas, las escuelas o la transmisión sean innecesarias; sin formas no habría continuidad. Significa que una forma solo sirve mientras continúa conectada con aquello para lo que fue creada. Éste es un problema extraordinariamente delicado: necesitamos formas para luchar contra la dispersión, pero toda forma tiende a convertirse en mecanismo. Necesitamos disciplina, pero la disciplina puede convertirse en obediencia vacía. Necesitamos lenguaje, pero el lenguaje puede sustituir la experiencia. Necesitamos ejercicios, pero los ejercicios pueden convertirse en gimnasia. Necesitamos maestros, pero la relación con un maestro puede convertirse en dependencia, imitación o culto. Nada queda protegido automáticamente por llevar la etiqueta «Trabajo». La entropía entra también por esa puerta. Por eso la transmisión viva no puede consistir únicamente en conservar palabras. Necesita volver a crear condiciones donde alguien pueda descubrir por sí mismo la necesidad que dio origen a esas palabras. Tracol insistía: prioridad a la experiencia; no concluir. Esa orientación combate precisamente la cristalización. No me digas que conoces la atención: muéstrame dónde está ahora. No me digas que comprendiste la identificación: veamos qué ocurre cuando alguien te contradice. No me digas que sabes qué es servicio: observa qué sucede cuando nadie agradece. El Trabajo se renueva por verificación. Sin ella se convierte en tradición muerta. Y esto vale igualmente para cada uno de nosotros. El Trabajo que no verifico hoy empieza a convertirse en creencia acerca del Trabajo.
Por eso existe una urgencia que no debe confundirse con prisa. Todo se pierde. El cuerpo pierde fuerza. La memoria cambia. Las personas que amas desaparecerán. Las circunstancias que hoy parecen permanentes se disolverán. Incluso aquello que has construido interiormente necesita alimento. Nada de esto debería producir desesperación; debería destruir la fantasía de que puedes posponer indefinidamente el esfuerzo. «Mañana trabajaré.» ¿Quién será ese hombre de mañana? La misma máquina con un día más de repetición. Cada repetición fortalece una dirección. Cada vez que una reacción se ejecuta sin ser vista, su camino se vuelve más familiar. Cada vez que cedo automáticamente a una asociación, confirmo su autoridad. Y también lo contrario: cada regreso crea una referencia. No necesito imaginar que estoy construyendo alguna estructura invisible cuya naturaleza conozco. Basta verificar que regresar hoy hace un poco más reconocible la posibilidad de regresar mañana. Quizá ahí haya una verdadera acumulación: no de estados, sino de sensibilidad. Empiezo a reconocer más pronto el sabor de la dispersión. Antes podía pasar un día entero identificado y descubrirlo por la noche. Después lo descubro una hora más tarde. Alguna vez mientras ocurre. Quizá un día vea el movimiento en el momento de nacer. Ése es un cambio real de relación. Pero tampoco puedo poseerlo. Mañana una impresión suficientemente fuerte puede llevarme completamente. Por eso la humildad no es una virtud decorativa del Trabajo; es una consecuencia de observar su fragilidad. Puedo perder en cinco segundos lo que tardé una hora en reunir. Una frase puede tomarme. Una mirada. Una noticia. Un miedo. Y si creo que «ya he llegado», estaré menos preparado para reconocer la caída. El hombre que sabe que puede dormir vigila de otra manera que aquel que se cree despierto. Esto explica también por qué el Trabajo necesita servicio. Si reúno energía únicamente para conservarla como «mi estado», inevitablemente se estanca en una nueva forma de preocupación por mí mismo. Lo recibido necesita entrar en relación con la vida. Atención para escuchar. Presencia para no transmitir mecánicamente una reacción. Energía para realizar una tarea. Comprensión para responder a una necesidad. No necesito imaginar que soy un canal cósmico. Basta preguntar: ¿lo que estoy recibiendo termina siempre en mí? Porque incluso el Trabajo puede degradarse por acumulación narcisista. Colecciono experiencias, comprensiones, silencios, retiros, lecturas. Todo entra y nada sale excepto discursos acerca de lo que he vivido. Ahí también hay entropía: una energía que no encuentra función se convierte en preocupación por sí misma. El servicio devuelve circulación y medida. ¿Mi práctica me permite estar un poco más disponible frente a otro? ¿Puedo escuchar mejor? ¿Puedo transmitir menos negatividad? ¿Puedo hacer una tarea con mayor totalidad? ¿Puedo soportar que no me reconozcan? Si no, necesito preguntarme qué estoy cultivando. Y finalmente llegamos a una comprensión que Michel podría dejar como pregunta más que como conclusión: quizá el Trabajo se pierde porque no nos pertenece. Queremos conservar la presencia como conservamos un objeto, pero la presencia es relación. Queremos poseer atención, pero quizá existe una atención más profunda ante la cual solo podemos volvernos disponibles. Queremos guardar la comprensión, pero una comprensión viva necesita ser nuevamente recibida. Quiero decir «ya sé», mientras el Trabajo me pregunta «¿y ahora?». Ahora. Ésa es la palabra que destruye toda cuenta bancaria espiritual. ¿Dónde está ahora tu atención? ¿Existe ahora sensación? ¿Estás recibiendo ahora estas palabras o únicamente produciendo asociaciones acerca de ellas? ¿Puedes sentir simultáneamente el cuerpo y aquello que estás leyendo? ¿Hay alguna pregunta viva o ya has concluido? Todo lo anterior puede haberse perdido. No importa. Empieza aquí. Ésta quizá sea la respuesta más profunda a la entropía: no intentar construir un estado que jamás se degrade, sino desarrollar la capacidad de comenzar nuevamente. Mil veces. Diez mil. Hasta el último día. Perder y volver. Dormir y recordar. Dispersarse y reunirse. No con resignación, sino con una necesidad cada vez más exacta. Entonces incluso la pérdida adquiere sentido porque me impide apropiarme del Trabajo. Cada vez que creo tenerlo, la vida me demuestra que no. Cada vez que creo ser, descubro nuevamente mi ausencia. Y cada vez que veo verdaderamente esa ausencia aparece una posibilidad de búsqueda. Tal vez por eso no debemos lamentar que el Trabajo se pierda. Debemos lamentar únicamente no darnos cuenta de que se perdió. Porque en el instante mismo en que lo veo, algo ya ha regresado. No todo. No permanentemente. Lo suficiente para preguntar otra vez: ¿puedo estar aquí? Y quizá el Trabajo entero dependa de no dejar morir esa pregunta.
Ejercicio — La entropía de la atención. Durante siete días no intentes mantener presencia. Estudia cómo se pierde. Tres veces al día detente sin preparación durante treinta segundos. Antes de sentir deliberadamente el cuerpo, pregunta: «¿Dónde estaba mi atención justo antes de detenerme?» Identifica solamente el hecho: pensamiento, preocupación, imaginación, conversación interior, emoción, tarea exterior. Después siente simultáneamente pies, vientre y espalda; deja libre la respiración y continúa recibiendo sonidos y espacio alrededor. No intentes recuperar ningún estado anterior. Quédate diez o quince segundos con lo que realmente hay. Después pregunta sin responder: «¿Qué necesita renovarse ahora?» Por la noche recuerda únicamente tres pérdidas de atención y tres regresos. No juzgues cuánto duraron. No busques una semana perfecta. Al séptimo día observa una sola cosa: qué fuerzas se llevan repetidamente tu atención. Ahí tienes tu mapa de entropía. Y ahí, exactamente ahí, está el material para continuar el Trabajo.

Cuatro Pasos Para Perdonar a Otros


Por Rick Warren

“Abandonen toda amargura, ira y enojo, gritos y calumnias, y toda forma de malicia. Más bien, sean bondadosos y compasivos unos con otros, y perdónense mutuamente, así como Dios los perdonó a ustedes en Cristo”. Efesios 4:31-32 (NVI)

Muchos de nosotros realmente no entendemos lo que es el perdón. Luchamos con todo tipo de malentendidos sobre lo que significa perdonar a otros. Mencioné algunas de estas ideas equivocadas en el devocional de ayer. Estoy convencido de que, si más personas conocieran el perdón verdadero, estarían mucho más dispuestas a perdonar en lugar de aferrarse de manera poco saludable a las heridas del pasado.

La Biblia claramente nos llama a perdonar a otros. Gálatas 6:1 dice, “Hermanos, si alguien es sorprendido en pecado, ustedes que son espirituales deben restaurarlo con una actitud humilde” (NVI).

Así que, si Dios espera que nosotros perdonemos a otros, ¿cómo debería ser un perdón saludable y bíblico? Aquí hay un proceso de cuatro partes que debemos seguir mientras enfrentamos el dolor ocasionado por otros.

1.    Reconoce que nadie es perfecto. Cuando odiamos a alguien, tendemos a perder la perspectiva respecto a esa persona. Cuando estamos llenos de resentimiento, amargura y dolor, tendemos a deshumanizar al ofensor. Lo tratamos como un animal.

Pero todos estamos en el mismo bote. La Biblia dice “No hay una sola persona en la tierra que siempre sea buena y nunca peque” Eclesiastés 7:20 (NTV).

2.    Renuncia a tu derecho de vengarte. Este es el corazón del perdón. La Biblia dice, “Queridos hermanos, no busquen la venganza, sino dejen que Dios se encargue de castigar a los malvados” Romanos 12:19 (TLA). Aunque sientas que tienes derecho a desquitarte, debes comprometerte a no hacerlo. No es justo, pero es saludable. Esta no es una decisión que se toma una sola vez; es posible que tengas que tomarla momento a momento.

3.    Responde al mal con bien. Así sabes que has liberado completamente a alguien de la ofensa que cometió contra ti. Humanamente hablando, es casi imposible responder al mal con el bien. Necesitas la ayuda de Dios. Necesitarás que el amor de Jesús llene tu vida. ¿Por qué? El amor de Dios no guarda registro de errores (véase 1 Corintios 13).

4.    Reenfócate en el plan de Dios para tu vida. Dejas de enfocarte en la herida y en la persona que te hirió. En lugar de eso, te vuelves a enfocar en el propósito de Dios para tu vida, el cual es más grande que cualquier problema o dolor que puedas estar enfrentando actualmente.

Mientras continúes enfocándote en la persona que te ha herido, esa persona te controla. De hecho, puedes ir un paso más allá. Si no liberas al ofensor, comenzarás a parecerte a quien te ofendió.

Así que no pases ni un día más atrapado en tu resentimiento. Si has estado guardando el dolor que alguien te causó, sigue estos pasos y ¡avanza hacia la vida para la que fuiste creado!

Reflexiona sobre esto
  • ¿Puedes recordar alguna ocasión en la que respondiste al mal con bien? ¿Cuál fue el resultado?

  • ¿Cuál de los cuatro elementos de un perdón saludable y bíblico es el que más se te dificulta?

  • ¿Por qué crees que muchas personas prefieren aferrarse a sus heridas en lugar de dejarlas ir? ¿Cómo afecta la amargura a una persona emocional y físicamente?


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Es inútil razonar con quien ha renunciado al razonamiento



Es inútil razonar con quien ha renunciado al razonamiento.
Por eso decía Carl Sagan: “No puedes convencer a un creyente de nada, porque sus creencias no están basadas en evidencia, están basadas en una enraizada necesidad de creer.”
Y debido a esto, algunos hemos decidido no discutir con creyentes, porque hemos comprendido que hablamos lenguajes diferentes. Cuando nosotros discutimos, hablamos en el lenguaje de la razón, la lógica, el pensamiento crítico y el método científico; mientras que ellos lo hacen aceptando como verdad absoluta mensajes supuestamente “revelados” por un ser sobrenatural en la mente de una persona especialmente elegida, para transmitir esa “verdad” a los demás; o relatos extraordinarios que anulan las leyes naturales, escritos en un libro antiguo por autores desconocidos que utilizaron seudónimos; o dogmas contrarios a la razón, los cuales asumen que nosotros también debemos creer ciegamente, incluso bajo amenaza del peor de los castigos. Por tanto, para discutir con ellos, nosotros tendríamos que renunciar a la razón, o ellos a la fe.
[Godless Freeman]

lunes, 14 de septiembre de 2026

Biología o Castigo divino?

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 ¿Biología o castigo divino? La verdadera causa de la enfermedad

¿Cuál es la causa real de la enfermedad y del sufrimiento? ¿La biología evolutiva y celular, o un castigo divino heredado de un mito ancestral?
Durante siglos, los sistemas religiosos han intentado explicar patologías reales como el cáncer o el VIH recurriendo a la culpa colectiva, al pecado original y a la maldición de un ancestro mítico que jamás pisó la tierra. Nos han enseñado a ver la enfermedad no como un fallo genético, una mutación celular o un virus de transmisión zoonótica, sino como una mancha metafísica heredada de una falta que nunca cometimos.

Pero cuando bajamos los ojos de las nubes y examinamos la cruda realidad de la ciencia, la farsa se desmorona. Pretender que una persona de carne y hueso desarrolle un cáncer o contraiga VIH como consecuencia de la desobediencia de un Adán histórico es un disparate absoluto. Es exigir que una realidad biológica tangible pague las consecuencias de un drama puramente narrativo y mitológico.
La ciencia nos demuestra que mutaciones en el ADN, la proliferación celular descontrolada o patógenos como el VIH responden estrictamente a procesos evolutivos, ambientales y fisiológicos, no a maldiciones teológicas. Hasta la homínido llamada "Lucy" —nuestra lejana antepasada de hace más de tres millones de años— es infinitamente más real e histórica que Adán y Eva, y su cuerpo ya estaba sujeto a las leyes de la biología, la fragilidad y la enfermedad, muy lejos de los teatros de la culpa hereditaria.
Por si fuera poco, la propia tradición veterotestamentaria destruye este dogma al establecer que la culpa no se transmite de padres a hijos; la justicia y la responsabilidad son estrictamente individuales.

Por eso, antes de enredarnos en dogmas, etiquetas religiosas o credos que instrumentalizan el sufrimiento humano, la prioridad es otra. Antes de ser cristiano, musulmán, judío ortodoxo, testigo de Jehová o mormón, aprende a ser buena persona, a tener empatía hacia el prójimo y a practicar la ética hacia el necesitado. (Antequam Christianus, Muslimaeus, Iudaeus orthodoxus, testis Iehovae, Mormonus sis, disce bonus homo esse, erga proximum empathiam habere et ethicam in egentem exercere.)
Frente a enfermedades reales que devastan vidas como el cáncer o el VIH, lo que se necesita es ciencia, medicina, compasión y apoyo material al enfermo, no la culpa ficticia de un cuento antiguo.

Hechos sólidos para demostrar.....

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Si vas a demostrarme la existencia de “Dios”, que sea con hechos sólidos, no con palabras

Ya no sigas tratando de demostrarme la existencia de tu divinidad con puras palabras o emociones, y menos con lo que dice tu libro sagrado. Hasta ahora los creyentes no han podido superar tres supuestos “procedimientos” para “demostrar” la existencia de su divinidad:

1. Basándose en lo que dice su libro sagrado.
2. Apelando a “experiencias vivenciales”.
3. Aplicando argumentos filosóficos o lógicos.

Descartemos de plano los dos primeros. Para nosotros el Tripitaka, los Vedas, el Bhagavad Gita, el Mahabharata, la Torá, el Tanaj, el Corán o la Biblia, son libros como cualquier otro. Fueron escritos por humanos y contienen partes acertadas y desacertadas. No son un compendio de la verdad última. Son sólo documentos literarios que reflejan el acervo cultural (la moral, los mitos y el contexto social) de los pueblos antiguos que los escribieron. Y no pueden usarse en un debate racional para demostrar verdades sobre el universo ni sobre la existencia de ningún dios, porque no pueden ser la prueba de lo que el mismo libro afirma. Esa es una falacia de petición de principio o argumento circular.

Y desde el punto de vista de la filosofía racional y la epistemología, las experiencias vivenciales (percepciones personales e internas, testimonios y “milagros”), tampoco pueden usarse como evidencia real, objetiva o demostrativa de la existencia de ningún dios, porque carecen de las condiciones lógicas o científicas necesarias para constituir una prueba universalmente aceptable. Así que no perdamos el tiempo en estos dos “procedimientos” que no aportan ni demuestran nada.

¿Y los argumentos racionales y filosóficos? Los pocos que hay, ya los conocemos:

- Argumento Cosmológico (origen del universo).
- Argumento Teleológico (el “diseño” del mundo).
- Argumento Moral (la moralidad objetiva).
- Argumento Ontológico (el concepto mismo de “Dios”)

Se han venido discutiendo por siglos. Y ¿han resuelto algo? ¿Han convencido contundentemente a la humanidad de que “Dios” existe? No. No lo han hecho. Incluso hay refutaciones sobre ellos. ¿No dice eso algo sobre su ineficacia?

¿Cuál es el problema? ¿No será que los razonamientos filosóficos y lógicos son insuficientes para demostrar la realidad de un ser específico? La lógica garantiza la relación entre las premisas y la conclusión; pero sólo la evidencia empírica permite determinar si aquello sobre lo que se razona existe efectivamente en la realidad. Los argumentos puramente lógicos pueden demostrar que una idea es coherente o necesaria dentro de un sistema de pensamiento, pero para afirmar que algo existe en el mundo real, se requiere evidencia empírica (observación o experimentación). No hay otra forma.

¿Debatirías sobre la existencia de algo que está irrebatiblemente demostrado que existe? ¿O debatirías sobre la existencia de algo cuya existencia es evidente? Por supuesto que no. ¿Y por qué todavía la gente debate sobre la existencia de “Dios”? Obviamente, porque su existencia no es obvia ni ha sido demostrada. ¿Por qué? Porque nos estamos refiriendo hasta ahora a un concepto, y como tal, sólo puede ser analizado filosófica o lógicamente.

Tomemos el caso del iridio, uno de los elementos químicos más raros de la corteza terrestre. ¿Alguien trataría de demostrar con argumentos filosóficos o lógicos su existencia? Por supuesto que no. Sabemos que existe, pero no porque su existencia se demostró mediante un argumento filosófico. Se supo que existía al identificarlo mediante investigación científica, observación, experimentación y análisis de sus propiedades. Pero claro, el iridio no es sólo un concepto, es algo que tiene presencia en la realidad objetiva, y eso deja evidencia. Y lo mismo ocurre con todo lo que sabemos que existe. No hemos llegado a la certeza de su existencia mediante especulación filosófica, porque la existencia no se obtiene sólo con palabras. ¿Por qué “Dios” tendría que ser la excepción? 

Pero hay otro detalle fundamental: antes de debatir sobre la existencia de algo, tenemos que estar seguros de qué estamos hablando. ¿Vamos a debatir sobre “Dios”? Comencemos entonces por definir qué entendemos por esa palabra. Después de todo, “Dios” es un sustantivo común, aunque se escriba con mayúscula en determinados contextos religiosos. No es, por sí mismo, el nombre propio de un ser específico y único, cuya existencia esté demostrada. Tampoco es evidente. Si lo fuera, nadie dudaría de su existencia.

Y para complicar más las cosas, no existe una única definición universal de “Dios”. Para algunas religiones es un ser personal, creador y omnipotente; para ciertas corrientes filosóficas es un principio absoluto o la realidad última; para otras concepciones puede identificarse con la naturaleza o el universo. Así que un debate serio debe comenzar preguntando: ¿Qué concepto de “Dios” estás defendiendo, y qué características le atribuyes? Y si la definición contiene contradicciones lógicas, como atribuirle simultáneamente propiedades incompatibles, fin de la discusión. Así como es incoherente un objeto que tuviera simultáneamente forma circular y cuadrada, también es incoherente un ser con atributos que se contradicen unos con otros, como omnipotencia y omnisciencia con benevolencia, lo que da lugar a lo que se conoce como paradojas teológicas.

Pero dejemos abierta la posibilidad de que alguna definición de “Dios” que todavía no conocemos no sea autocontradictoria. El problema es que, bajo ese criterio, tendríamos que examinar cada concepto concreto que pueda haber sobre “Dios”, para poder discutir sobre él. Por eso, dependemos de la definición que nos proporcione el creyente, para poder seguir adelante.

Por otra parte, si estamos hablando de “Dios” como una hipótesis sujeta a demostración, afrontamos de inmediato un inconveniente: desde una perspectiva científica, el concepto de “Dios” no cumple con los requisitos de una hipótesis científica, por falta de falsabilidad y el principio de parsimonia (Navaja de Ockham). La ciencia busca explicar el universo utilizando el menor número de suposiciones posibles. Mientras que, para la teología clásica y la mayoría de las religiones, tratar a “Dios” como una "hipótesis" es un error de categoría, principalmente porque DIOS NO ES UN OBJETO DEL MUNDO.

Entonces ya hablamos, ¿a qué otro mundo nos referimos si no es a éste? ¿Podemos hablar de otro supuesto mundo sin especular antojadizamente? Si estamos discutiendo sobre algo serio, no tiene sentido meternos en mundos de fantasía. Si vamos a discutir sobre algo, tiene que ser sobre algo del mundo real. El único mundo que conocemos como real. Así que, mientras no aportes evidencia, si te limitas a decirme que “Dios existe”, lo consideraré como una afirmación gratuita, no como un hecho establecido.

[Godless Freeman]

Perdona a Otros porque también Necesitas Perdón


Por Rick Warren

“Porque, si perdonan a otros sus ofensas, también los perdonará a ustedes su Padre celestial. Pero, si no perdonan a otros sus ofensas, tampoco su Padre les perdonará a ustedes las suyas”. Mateo 6:14-15 (NVI)

El perdón es una vía de doble sentido. No puedes esperar que otros te perdonen si no estás dispuesto a perdonarlos.

Jesús lo dijo de esta manera: “Porque, si perdonan a otros sus ofensas, también los perdonará a ustedes su Padre celestial. Pero, si no perdonan a otros sus ofensas, tampoco su Padre les perdonará a ustedes las suyas” Mateo 6:14-15 (NVI).

Es una verdad bíblica básica. Cosechas lo que siembras.

Una vez, un hombre vino a Juan Wesley y le dijo: “Nunca podré perdonar a esa persona”. Wesley le dijo: “Entonces espero que nunca peques. Cuando no perdonas, estás quemando el único puente que necesitas cruzar”. Cuando no perdonas a los demás, estás creando las condiciones para que ellos tampoco te perdonen. Esto es importante porque Dios dice que necesitarás perdón en el futuro.

Cuando escucho a alguien decir que no puede perdonar a otra persona, me doy cuenta de que esa persona no entiende el perdón. Si entiendes el perdón, probablemente estarás más dispuesto a hacerlo. Muchos mitos nos impiden estar dispuestos a perdonar. Por ejemplo, estas son tres de las ideas erróneas más comunes sobre el perdón.

El perdón no es: 

1.    Minimizar la gravedad de la ofensa. El perdón es algo muy serio. Perdonar a alguien no significa que la ofensa cometida contra ti no duela.

2.    La restauración instantánea de la confianza. La confianza debe reconstruirse a lo largo del tiempo. Si las personas te hieren una y otra vez, la Biblia dice que estás obligado a perdonarlas, pero no estás obligado a confiar instantáneamente en ellas.

3.    Reanudar la relación sin ningún cambio. Perdonar no es lo mismo que reanudar una relación. El perdón es lo que haces si te ofenden. Si se va a restablecer la relación, el ofensor tiene que hacer tres cosas: arrepentirse, ofrecer restitución cuando sea posible y reconstruir la confianza durante un periodo de tiempo.

 Es hora de perdonar a quienes te han herido. Más adelante, tú también necesitarás el perdón de otros. No rechaces hoy aquello que tú mismo necesitarás mañana.

Reflexiona sobre esto
  • El pastor Rick dijo que hay tres cosas que el perdón no es. ¿Cuál de ellas te cuesta más aceptar?

  • ¿Cómo te ayuda a perdonar a otros saber que tú también necesitarás ser perdonado en el futuro?

  • ¿A quién necesitas expresarle hoy tu perdón?


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POR ENTROPÍA, EL TRABAJO SE PIERDE. ES LEY.

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