Ingeniero con esposa e hijos venezolanos afirma que nada hay como una arepa en el desayuno

James Conway es un ingeniero norteamericano que se casó con una venezolana que conoció en Los Roques y junto a su mujer y sus hijos guarda artículos que permiten realzar la trayectoria de los peloteros criollos que han pasado por el mejor beisbol del mundo.
Jim, como le dicen sus más allegados, es un conocedor del beisbol y entre sus más queridos tesoros están tres pelotas firmadas por jugadores estelares de la talla de Ramón Monzant, Elio Chacón, y una firmada por 11 de los primeros 17 venezolanos que tuvieron participación en Grandes Ligas. Cada una tiene un costo que oscila entre 800 y 1.000 dólares.
“Mi camiseta preferida es la que utilizó Luis Aparicio en 1966 con los Orioles de Baltimore, año en el que vencieron a los Dodgers y ganaron la Serie Mundial”, explica Conway.
Precisamente de 1966 es una foto que tiene en su estudio de trabajo, en la que Aparicio se muestra junto a sus hijos festejando el anillo de campeón.
“Siempre me recuerda la importancia de la familia. No conozco personalmente a Aparicio, pero imagino que a pesar de todo su éxito en el beisbol, probablemente su mayor orgulloso es su éxito como padre, esposo y abuelo”, afirma Conway.
Ahora que la temporada de beisbol venezolano entra en su etapa crucial, Conway se confiesa como un fanático 100% imparcial.
“Una de las mejores cosas de ser un gringo es que me hace políticamente neutral en Venezuela. Cuando digo políticamente neutral, me refiero a beisbol. Puedo ser magallanero, caraquista, larista, y aragüeño, todos al mismo tiempo”, explica.
Para Conway solo hay una cosa mejor que el beisbol venezolano y eso es la mesa venezolana.
“McDonald hace las mejores papas fritas en todo el mundo, pero no hay nada en el menú de McDonald que se puede comparar con arepas de mi esposa a la hora del desayuno, las caraotas de mi suegra, los golfeados que venden cerca de El Cortijo, en la carretera entre Caracas-Valencia; las empanadas de Chichiriviche, o los churros con chocolate de El Hatillo”.
El ingeniero norteamericano se define a sí mismo como “un gringo que ha llegado a amar las cosas de Venezuela”.
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