Voluntarios redoblan sus esfuerzos y aportan insumos, trabajo y tiempo

Sentir que son una gota en el océano no los amilana. Los voluntarios que se congregan en iglesias, casas hogares o que salen por su cuenta a repartir alimento saben que preparando una sopa solidaria o regalando arepas no resuelven la crisis pero sí la hacen más llevadera. Los mueve el encuentro con el otro, el compromiso social, la solidaridad y la misericordia.
A Mercedes Sulvarán le dicen MacGyver por su habilidad para improvisar, con lo poco que tenga, la elaboración de una sopa que se convierte en el manjar que comen con avidez más de 300 personas en la parroquia María Auxiliadora de Boleíta cada viernes.
Jubilada de la Alcaldía Mayor y con toda una vida dedicada al trabajo social, Sulvarán es el corazón de la iniciativa. Mientras revuelve el contenido de una olla de más de 80 litros, le preguntan si los plátanos están muy verdes o si se deben mezclar todos los aliños. Ella tiene todas las respuestas a mano y el calor sofocante de las hornillas no le borra la sonrisa. "Vivo en el barrio Nazareno de Petare y no tengo bienes materiales pero aporto mi trabajo y mi tiempo. Vivimos momentos muy críticos pero es la necesidad la que nos ha permitido conocernos", dice Sulvarán quien comparte funciones con voluntarios de Chacao, La Urbina, Sebucán, Altamira.
Años atrás, la pastoral social de la iglesia María Auxiliadora recibía donaciones de empresas privadas reconocidas. Esos insumos ya no llegan, "pero ahora los particulares colaboran más, personas impactadas por ver a otros comiendo de la basura, eso ha despertado las consciencias", cuenta Juan Carlos Castaño, colaborador de la pastoral.
En el ambiente se respira camaradería y buena disposición. Los egos se dejan a un lado y se impone el servicio. "Yo vine para colaborar en lo que sea", dice Marta Bazo, quien asegura que la adversidad ha despertado a ese venezolano que siempre está dispuesto a ayudar.
"A medida que llega más gente necesitada también crece la generosidad de las personas que colaboran", destaca Josefina Rodríguez y asegura que es necesario aprender la lección de esta crisis, que en vez de aplicar el sálvese quien pueda, hay que idear salidas colectivas. Cada venezolano tiene que aportar algo en estos momentos, por eso Estela Fragachan e Isabel Malavé son una suerte de consciencia entre sus vecinos.
"De tanto insistir siempre me dan algo. Les digo: acuérdense de sus vecinos que tienen menos. Para mí es primordial estar aquí. Conseguí una suplencia como secretaria pero les dije que el viernes tenía un compromiso ineludible y aceptaron mi condición", dice Malavé.
En la parroquia Santa Rosalía, una de las más habitadas en Distrito Capital, y con mayor índice de pobreza, un grupo de laicos de la iglesia San Miguel Arcángel se impone a la crisis con "Solidaridad Dehoniana".
Se trata de una iniciativa que surgió provisionalmente en la Cuaresma pasada para alimentar a personas en situación de calle durante los viernes de ese tiempo litúrgico. Pero la coyuntura y la situación de miseria en la que se encuentran sumidas algunas familias obligó a extender el programa, que hoy se ha vuelto indispensable.
Ángelo Rangel, voluntario de la parroquia y miembro de la Pastoral Social que lleva adelante la iniciativa, agrega que están movidos por el prójimo. Así lo asegura mientras desgrana a un país asaltado por la crisis."Hay mucha gente comiendo de la basura, viviendo en la calle o que no tiene qué comer en casa y pasa días sin probar bocado. Esa realidad nos hizo reaccionar".
La idea, agrega el párroco Wilfredo Corniel, es que el ayuno de la feligresía fuese el alimento de los más pobres. Una práctica que remite al sacrificio de los viernes de cuaresma y que invita a los católicos a extenderla en tiempo ordinario.
40 parroquias eclesiásticas en Caracas llevan a cabo la llamada olla solidaria con el apoyo de Cáritas, el brazo social de la Iglesia católica
Detrás de ese proyecto, son los propios creyentes quienes han tejido una red de apoyo social para aliviar la pesadumbre a quienes se dicen asolados por la miseria y el desabastecimiento de alimentos. Los promotores explican que el propósito es que cada familia adopte, simbólicamente, a una persona en situación de calle y se sumerge en su realidad, conozca sus dramas personales y se comprometa a brindarle ayuda a través de gestos concretos de misericordia y compasión.
Maura Navas es de la Cota 905, tiene 29 años, cinco niños y recibe comida cocida para ella y sus pequeños. Es uno de los 90 beneficiarios que acuden semanalmente. Dice que es de gran ayuda en tiempos en los que debe peregrinar la ciudad con un termo de café negro para poder medio comer.
"En los días buenos, que son pocos, hago hasta 10 mil bolívares. En las jornadas menos provechosas hago tres mil, que me sirven para comprar yuca", relata. Lo hace mientras aguarda por su turno y amamanta a Yoelvis, su pequeño de 1 año. Ángelo Rangel retrata con números el impacto de los feligreses que se encargan de donar y preparar cada plato. En cuestiones de semanas pasaron de atender 40 personas a más de 100.
En torno al perfil de quienes acuden, señala que son personas desempleadas, sin un ingreso fijo, embestidas por la coyuntura económica, pero no todos comen de la basura. También hay quienes trabajan y no tienen cómo asegurarse el pan.
Al proyecto de Solidaridad Dehoniana, que se realiza desde marzo, lo precede una iniciativa similar que quedó en el pasado por el recrudecimiento de la escasez: un kilo de amor, una campaña a través de la cual se entregaban bolsas de comida los terceros sábados de cada mes. En una ciudad abrumada por la desesperanza y la visión fatalista, muchos voluntarios redoblan sus esfuerzos en las zonas más desasistidas para ayudar a una población que parece condenada a las dificultades.Un trabajo que, lejos de ser una solución absoluta, es un aporte humanitario.
Entre las iniciativas que insisten en hacerle frente a la miseria sobresale la Casa de Acogida y Rehabilitación Padre Machado, en el barrio San Andrés de El Valle, que atiende a personas con problemas de consumo de drogas y alcohol. El recinto ofrece asistencia ambulatoria, médica y aseo personal tres veces por semana.
Delgados a la fuerza
A propósito de la coyuntura, el Observatorio Venezolano de la Salud alerta sobre la profundización del deterioro nutricional. Cáritas Venezuela, el brazo social de la iglesia, ubica el índice de desnutrición infantil en 11,4%, con casos graves de menores que han perdido cerca de 60% del peso, según el estudio realizado en parroquias de Vargas, Miranda, Distrito Capital y Zulia.
El cuadro recrudece en un país donde 81,8 % de los hogares está en pobreza y 51,51% en condiciones extrema, según el estudio Condiciones de Vida (Encovi) presentado a principios de 2017 por la UCV, USB y UCAB.
En los 15 años que Carlos Luis Suárez tiene como sacerdote en la iglesia San Miguel Arcángel, en Santa Rosalía, nunca había evidenciado tanta necesidad como ahora, sobre todo en una población tan vulnerable como los niños, algunos de ellos desescolarizados.
Suárez pide a las familias menos afectadas sumarse, como acto de penitencia, a las causas humanitarias que se gestan en la ciudad. "Si tú no pasas hambre ayuda a que otros no pasen necesidad".
Según la Encovi, en 86,3% de los hogares ingieren dos o menos comidas al día. 74,3% de los entrevistados refiere pérdida de peso y las personas en pobreza extrema perdieron 9 kilos el último año.
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