JUAN JOSÉ LABORDA
El estoicismo, como ética del porvenir, se está extendiendo. Impulsados por la globalización, en España, lo mismo que en otras naciones, aparecen grupos de personas interesados por la filosofía y el modo de vida estoico. Entre otros adalides sociales de esa corriente ideológica, el filósofo y científico, el norteamericano Massimo Pigliussi (nacido en Monrovia), y el periodista y divulgador científico, Joe Gelonesi (ciudadano australiano), están desarrollando debates sobre el estoicismo en el mundo; desde el año 2012, en nuestro país, se celebra la Semana Anual Estoica.
El estoicismo está asociado a un modo de vida imbricado con la naturaleza, y cuya ética se basa en la sencillez, la sobriedad y una desconfianza ante el lujo; en resumen, que la buena vida se consigue buscando la virtud de los sabios, una existencia ordenada por la razón, y solidaria con la humanidad.
Es un tópico afirmar que las sociedades liberaldemocráticas actuales se encuentran en una decadencia moral, sus ciudadanos son egoístas, incultos y toscamente materialistas, y además, carecen de las energías necesarias para defender su modo de vida libre, con lo cual, en la competición global con el modelo chino de democracia sin derechos humanos, llevan las de perder, ante la eficacia de un capitalismo dirigido por disciplinados comunistas, en otras palabras, regido por un poder absoluto que prohíbe tanto los sindicatos libres, como los partidos políticos plurales.
Pero eso es un tópico. Ninguna sociedad está inexorablemente destinada a la decadencia. El resurgir de nuevas formas de pensamiento, críticas y opuestas a la moral consumista de nuestro tiempo, como es el estoicismo, son la prueba de que está brotando una moral distinta, que podría detener la decadencia.
¿No se ha sorprendido Putin cuando ha visto que el “débil y afeminado Occidente”, según lo describían sus ideólogos, ¿frenaba la invasión de Ucrania? El destino de los individuos y de los pueblos, el gran debate sobre si los hechos históricos -la decadencia de las naciones o la muerte de alguien -, ha sido siempre un asunto fundamental para la filosofía, y las religiones: ¿es posible el libre albedrío?
Se trata, ni más ni menos, que si el individuo humano o los gobernantes son responsables o no de sus decisiones. Putin sostiene que ha invadido Ucrania porque necesariamente ponía a Rusia en peligro. Sin duda, es una falacia. Crisipo de Solos (281-205 a.C), el sistematizador del estoicismo -después del fundador, Zenón de Citio-, sostuvo que “el carácter humano no es formado por el “destino”, sino por la educación; de ahí que el hombre sea responsable de sus propios actos”. (J.M. Rist: La filosofía estoica, 1969).
El estoicismo fue la filosofía, y la cultura moral que imperó en el mundo antiguo, durante siglos. Zenón de Citio (336-264 a.C), como hemos visto, su fundador, vivió poco después de la explosión del pensamiento racional, el milagro griego de Sócrates (470-399 a.C), Platón (427-347 a.C) y Aristóteles (384-322 a.C).
Zenón expuso su pensamiento en Atenas, con los atenienses entregados en cuerpo y alma a la discusión filosófica, pero como no poseía muchos recursos, sus debates tenían lugar en el pórtico -en griego:la stoa- del agora o plaza pública, donde tenían lugar las reuniones de los ciudadanos atenienses.
Zenón nunca aceptó la ciudadania ateniense, pues no era griego, sino semita, probablemente fenicio o hebreo. Algunos investigadores del estoicismo, como Max Pohlenz (1872-1962), estimaban que la originalidad de Zenón procedía de la síntesis entre la racionalidad ateniense y un sentido transcendente de la historia, característico de la cultura oriental.
Después de Zenón hubo muchos intérpretes y continuadores de su obra, y el estoicismo pasó de Atenas a Roma, una vez que los romanos se asentaron en Grecia, sumergiéndose en la cultura helenística.
Fue con Roma que el estoicismo se convirtió en la moral pública de la sociedad romana, de sus clases dirigentes, pero también, de los sectores no privilegiados, incluso entre los esclavos que desempeñaban oficios intelectuales o administrativos.
Personajes que marcaron la historia de la Roma republicana, como Catón el Viejo (234-147 a.C), Escipión el Africano (236-183 a.C) o Catón el Joven (95-46 a.C), profesaron la ética estoica, una actitud vital basada en un estado de ánimo caracterizado por la tranquilidad y la total ausencia de temores o deseos. Esa corriente moral se mantuvo durante toda la existencia del Imperio Romano, es decir, en total seis siglos, y Lucio A. Séneca (4 a.C-65 d.C), el esclavo Epicteto (50-134) y el emperador Marco Aurelio (121-180), fueron los últimos estoicos clásicos. Séneca fue el autor más conocido del estoicismo, y su condición de nacido en Hispania, parece haber dado el carácter austero con el que son conocidos los españoles desde entonces.
Aunque los estoicos fueron vistos por los primitivos cristianos como precedentes de su moral y teología - se sostuvo que san Pablo se carteó con Séneca-, lo cierto fue que el emperador Justiniano (482-565), al imponer el cristianismo como religión oficial, ordenó cerrar la Academia de Atenas, la academia de Platón, lo que supuso el golpe definitivo para el estoicismo. Así terminaba una historia, cuya influencia social fue comparable con el romanticismo, de siglos después.
Pero el estoicismo germinó otra vez con el Renacimiento, y desde entonces, es una de las corrientes profundas de la cultura europea: Erasmo, Juan Luis Vives, Felipe Melanchthon (el reformador luterano), Calvino, Michel de Montaigne, Justus Lipsius, Quevedo, Descartes, Montesquieu, Kant, Rousseau…y entre nosotros, recientemente, José Jiménez Lozano, premio Cervantes…
¿Por qué puede ser la ética del porvenir? Además de lo dicho hasta ahora, el estoicismo es una enmienda completa a las tendencias éticas de esta época, convertidas en modas del espectáculo. La virtud -noción estoica- rechaza la actual “cultura de la queja”, busca la verdad en las discusiones, la seriedad en las promesas, la razón en los debates, el control de las pasiones y los deseos, busca poseer la fortaleza mental que orienta la vida… Finalmente, el estoicismo defiende la igualdad de todos los seres humanos, y ese cosmopolitismo será el resorte que permitirá gobernar al capitalismo global.
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