No hay que ir a ningún lado para buscar el reino de Dios.
Cameron Lawrence 1 de septiembre de 2021
Incluso ahora Dios le está acercando a Él. Quiere que usted le conozca de una manera íntima, que experimente su profundo amor y su presencia en lo más profundo de su alma. Él tiene la verdad que revelarle; lecciones que su Espíritu Santo le enseñará solo cuando se tome el tiempo para enfocarse en Él, en silencio... No pierda la asombrosa bendición de conocer a Dios mientras simplemente permanece en su presencia. No hay gozo más profundo, no hay nada que entusiasme más, no hay un uso más digno de su tiempo, que experimentarlo a Él.
—Charles F. Stanley, “Cada día en su presencia” (Every Day in His Presence)
“Buscad primero el reino de Dios” –este mandamiento, pronunciado por el Señor Jesús, fue una de las primeras palabras que aprendí de memoria de las Sagradas Escrituras. (Véase Mateo 6.33). Lo llevé dentro de mí cuando entré en la adolescencia, luego hasta la adultez. De la soltería al matrimonio y a la paternidad. Entre tanto, imaginaba este acto de buscar como una serie de disciplinas o prácticas espirituales: la manera de actuar en la vida como un cristiano moderno en los Estados Unidos. La oración, el estudio de la Biblia, el liderazgo en la iglesia, los viajes misioneros y los proyectos de servicio, incluso la limpieza del edificio de la iglesia —por no hablar del manejo de comportamientos— se convirtieron en la esencia de la pertenencia al reino de Dios.
En caso de que no sea obvio por qué esto era problemático, me di cuenta mucho más tarde de que, si bien cada una de estas cosas tenía el potencial de ser para mi santificación personal, adquirieron una externalidad que bordeaba en (si no me sumergía por completo) simple cumplimiento de tareas. Una manera de vivir, de moverme y de tener mi ser apartado para Dios, estando todo el tiempo en compañía de su pueblo. Pero ¿para quién estaba haciéndolo?
Si me hubiera hecho esa pregunta hace algunos años, la respuesta habría sido para Dios, por supuesto. Y eso habría sido cierto solo en parte. Le conocía a un nivel personal y había experimentado su presencia, la mano guiadora del Espíritu Santo. Aunque en un estado más consciente y vulnerable, años atrás habría admitido que esos esfuerzos también eran en beneficio de las personas que me rodeaban: la mirada vigilante de padres y compañeros, pastores y vecinos. Las proporciones cambiarían y se transformarían con las estaciones de la vida, pero lo que tardaría años en ver, es que la audiencia principal no era ni Dios ni la comunidad, sino el público de una sola persona. Uno mismo. El ego. El que rara vez, si es que alguna vez, cerraba sus ojos.
Imaginar cómo me percibían el Señor o los demás, de manera consciente o no, era a menudo un ejercicio para permitir que el yo mirara hacia atrás a su propia semejanza, no al Dios real que me amaba. Un ídolo, en otras palabras, tan solo otro punto de vista para mirarme a mí mismo, como si me mirara en un espejo con otro detrás de mí, recapitulaciones interminables de un ego cada vez más débil y más pequeño. Si había un público, en última instancia era una de las infinitas apariciones que se veían y hablaba como yo.
Yo había confundido los medios con el fin a un nivel fundamental, sin saber que mi búsqueda de aprobación era una sed distorsionada de comunión en amor incondicional.
El resultado final de toda esta vida de cumplimiento de tareas fue un agotamiento total que resultó en una forma de desprecio, si no por mí mismo, entonces por los fracasos del cristianismo, como yo lo conocía, que me entregaría la vida abundante que me había sido prometida. Por las maneras en que mi tensionada espiritualidad asfixiaba mi corazón de gracia y paz, como una higuera privada de lluvia.
La lectura de la Biblia, la oración y el servicio a los demás no eran el problema. Más bien, era que yo había confundido los medios con el fin a un nivel fundamental, sin saber que mi búsqueda de aprobación era una sed distorsionada de comunión en amor incondicional. El hecho de que la distorsión pudiera disfrazarse como una relación sustantiva con Dios durante tanto tiempo, es un testimonio de la naturaleza insidiosa del orgullo y de las maneras en las que las comunidades eclesiásticas lo recompensan a veces, valorando y alabando lo externo, por encima de la verdadera formación espiritual.
Después de todos estos años, he llegado a comprender que buscar el reino no es menos que buscar la presencia de Dios, Aquel que siempre permanece con nosotros, incluso cuando nosotros no permanecemos en Él —en el lugar oculto del corazón. La calidad de vida en su reino, este paraíso, este huerto de su presencia, es amor, pero también es paz. ¿Y qué es la paz en la vida cristiana sino una relación con Jesucristo?
En la vida moderna nos conformamos con las falsificaciones con demasiada facilidad: tiempo libre, vacaciones, un hogar tranquilo lejos de los problemas de los demás. Las falsificaciones pueden tomar muchas formas, entrar y salir de nuestras vidas con la fidelidad de una brisa primaveral. Pero Cristo nunca cambia; su promesa de estar con nosotros hasta el fin del mundo es firme (Mateo 28.20).
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