Cuando muere un hombre como Pepe Mujica
Soledad Morillo Belloso
No muere un político. No muere un expresidente. No muere un líder. Muere un hombre. Y en su muerte, nos deja la pregunta que pocos se atreven a responder: ¿qué significa vivir con dignidad?
Pepe Mujica no fue un hombre de discursos vacíos ni de promesas grandilocuentes. Fue un hombre de silencios que pesaban más que las palabras, de gestos que hablaban por sí solos. Su vida fue una lección de sobriedad, de resistencia, de esa rara coherencia que pocos pueden sostener cuando el poder les toca la puerta.
Supo que cometió errores, y los aceptó y corrigió. Ah, cosa tan rara en un continente donde los políticos creen que pueden eludir la historia. Mujica se ganó el respeto de tirios y troyanos. Hoy Uruguay llora. No sólo llora a un expresidente, sino a un hombre que llevó la política a la profundidad de lo humano. Mujica no fue un líder de discursos impecables ni de estrategias calculadas; fue un tejedor de certezas sencillas, de esas que no necesitan estadísticas para sostenerse.
Las calles de Montevideo y de todo el "paisito" saben que no se ha ido por completo. Está en el mate compartido en las plazas, en el viento que cruza las estancias, en los hombres y mujeres que se sientan en bancos públicos a leer, en cada mirada que aún cree que la honestidad no es una utopía. La gente no sólo lo despide, lo agradece. Porque supo ser pueblo sin dejar de ser líder, porque hizo de la política un acto de vida y no de poder.
Uruguay lo llora, sí, pero también lo honra. En cada flor depositada en su memoria, en cada silencio que dice más que mil discursos. Mujica ha cambiado de lugar, pero su voz sigue resonando donde importa: en el alma de su gente.
Hoy, su ausencia no es sólo la de un exmandatario. Es la ausencia de una voz que nos recordaba que la política no es un juego de estrategias, sino un acto de servicio. Que el poder no es acumulación, sino renuncia. Que la verdadera riqueza no está en los bienes, sino en la libertad de no depender de ellos.
Mujica se va, pero deja su sombra en cada rincón de América Latina. En cada joven que aún cree que la política puede ser honesta. En cada campesino que sigue luchando por su tierra. En cada anciano que recuerda que hubo un presidente que nunca dejó de ser pueblo.
Cuando muere un hombre como Pepe Mujica, queda la incómoda certeza de que el mundo necesita más de ellos. No de aquellos que se envuelven en discursos vacíos, sino de los que viven con la sencillez de quien entiende que el poder sólo es legítimo si se usa para servir. Mujica no buscó grandeza, pero la encontró en su coherencia, en su humildad, en la forma en que convirtió su vida en un testimonio. Y ahora, sin su voz rasposa y sin sus advertencias, nos toca preguntarnos si aún tenemos el coraje de seguir su ejemplo.
Porque su muerte no es sólo una despedida; es un desafío. Un llamado a recuperar la esencia de la política, a recordar que la verdadera revolución no está en los extremos ideológicos, ni en las estrategias partidistas, ni en las etiquetas que pegamos para escurrirnos de tener que pensar, sino en la capacidad de mirar al otro y reconocer su dignidad. Cuando muere un hombre como Pepe Mujica, la historia se detiene un instante, sólo para preguntarnos si estaremos a la altura de lo que él nos enseñó.
Mujica se ha ido, pero su ausencia no es un vacío, sino un eco que nos recuerda lo esencial. No bastará con recordarlo; hará falta honrarlo con acciones, con la valentía de vivir con coherencia, con la humildad de servir sin esperar recompensa. Su legado no cabe en discursos ni monumentos, porque es más grande que cualquier estatua: está en cada gesto de honestidad, en cada lucha por la justicia, en cada vida vivida con dignidad. Y así, en la memoria colectiva, Pepe Mujica no muere. Sólo cambia de aposento.
Cuando muere un hombre como Pepe Mujica, no se apaga una luz. Se enciende una pregunta: ¿qué haremos con su legado?
@solmorillob

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