lunes, 16 de junio de 2025

Despreciable borracho: Julio Cortázar

LA VULGARIDAD DEL DESPRECIABLE BORRACHO: JULIO CORTÁZAR
Cuando Cortázar llegó a Paris vendió su potente colección de discos de jazz para pertrecharse de fondos con que iniciar su vida. También se deshace de su selecta biblioteca, excepto de un volumen: Opio, de Jean Cocteau, obra que le sobrecoge porque "me hizo entrar de cabeza en la literatura contemporánea". 
El escritor viaja a la India, donde le llama poderosamente la atención que la gente pueda dormir en plena calle con aparente pierna suelta: "Yo, como buena víctima de mil complejos, tengo una carga onírica terrible, y es difícil que pase una buena noche sin tomar previamente alguna droga". A través de sus epistolarios y la imprescindible biografía de Miguel Dalmau, encontramos a un escritor muy solícito de bebidas alcohólicas: champagne, coñac, vino blanco, rosado o tinto, whisky, vodka, Pernod, Calvados, cerveza, pastís, ron, vermut, manzanilla, aguardientes variados, ginebra o ajenjo. 
Recién llegado a París, Cortázar escribe a su amigo Eduardo Jonquières una significativa carta: "A ti te digo ‒te lo dije ya un día en que me llevabas a casa en auto‒ que me he ido de la Argentina porque no puedo más. Si me hubiese quedado […] terminaría en la indignidad. Lo sé, soy muy lúcido a veces y a mis horas. Acabaría en la vulgaridad despreciable del borracho (un penchant [inclinación] contra el cual he debido luchar hace unos años) o del cocainómano, o del que hace de los bares del puerto su peldaño final".
Su interés por las drogas se debe a las lecturas de Miserable milagro, de Henri Michaux, y Las puertas de la percepción, de Huxley, textos publicados en los años cincuenta. En Rayuela, Cortázar menciona "la mescalina" y la "marihuana michauxina o huxleyana", pese a que reconocerá no haberlas probado. En 1958 escribe El perseguidor, donde narra la atormentada vida de Johnny Carter (trasunto del saxofonista Charlie Parker), al que convierte en un "adicto" a la marihuana. Cortázar, como gran bebedor, llena su obra de referencias etílicas, pero demuestra ser un lego en otros tipos de drogas.
Ya en los años sesenta, después de haber sido sometido a un tratamiento hormonal tras la extirpación de un tumor, Cortázar se deja barba. En 1963 publica Rayuela, su consagración como escritor, y en 1967 se separa de Aurora Bernárdez.
Cortázar aseguraba que "la literatura me había dado suficientes drogas y alcoholes como para no salir a buscar sus versiones materiales. Lo que no quita que beber y fumar me han ayudado siempre a escribir, y creo que sé más sobre el ron, el whisky, el tabaco Three Nuns y los cigarros Montecristo que sobre la ley de Mendel o Truman Capote. No inexplicablemente, fumar marihuana me valió jaquecas rabiosas, y en cuanto al hachís, me dejó en un estado de avanzada indiferencia".
Pero, parece ser que el escritor se olvidó de las jaquecas que le producía el cannabis mientras escribía el prólogo a la antología de Pedro Salinas que preparó para Alianza por encargo de su hijo Jaime en 1970. Allí, el propio Cortázar no vacila en reconocer que anduvo viajando por Alemania y Austria, recorriendo hoteles, cafés y cabarets con una "colonia de hippies de Heidelberg". "Con una barbaridad de vino blanco", fue seleccionando los versos mientras escuchaba a John Coltrane en noches de "hierbas fumables". En carta a su amigo Eduardo Jonquières es más explícito: "Extrañas circunstancias me conectaron con un grupo de hippies, y durante toda una noche descubrí hasta qué punto no solamente no son el cáncer social que denuncian los biempensantes, sino que el cáncer es precisamente lo que les rodea y los hostiga; en todo caso, en ese grupo había algo parecido a la felicidad, al término de un largo viaje, a una reconciliación. La marihuana ayudando, claro (la fuman, la fumamos sentados en las escalinatas de la catedral, lo que tenía su chiste, y sin que la policía se metiera para nada a pesar del olor, que poco tiene que ver con el del incienso)".
Cortázar emuló en Los autonautas de la cosmopista (1983) a su amigo y representante Paul Blackburn (fallecido en 1971), de quien aprendió el estilo de vida itinerante cuando le visitaba en su casa de campo de Saigón con su furgoneta Volkswagen: "Paul traía su risa, su marihuana y sus casetes con las obras completas de los Beatles".
Otros autores han señalado que Cortázar probó el LSD "en tomas multitudinarias de ácido". El propio escritor afirmó que hacia el año 1959 "un médico calculó mal la dosis de un derivado del ácido lisérgico que en ese momento parecía un tratamiento eficaz contra las jaquecas […] y, una mañana llena de sol en que caminaba por la rue de Rennes rumbo a la estación de Montparnasse, de golpe me sentí extraño y tuve la sospecha de que algo abominable se cernía sobre mí […] intenté seguir caminando con la mayor naturalidad posible, y de pronto me di cuenta de que había alguien caminando a mi lado, a mi izquierda, alguien casi pegado a mí y que yo no me atrevía a mirar, aunque de manera inexplicable lo estaba viendo. Entonces reconocí mi propio perfil a la altura exacta de mi cara y fuera de mi cara, supe que eso era yo desdoblado, viéndome sin mirarme, salido de mí mismo en una perfecta simetría paralela. Imposible calcular cuánto duró lo que otros llamarán ilusión, efecto previsible de un medicamento basado en un alucinógeno. En algún momento tuve la fuerza de desviar mis pasos (hacia la derecha, lo recuerdo tan bien, hacia el lado donde él no estaba) y entrar en un café; ya en el mostrador, apoyándome para no caerme, sentí que me había abandonado, que ahora podía mirar a mi izquierda. Pedí un café doble y lo bebí amargo y de un trago. Volví a mi casa, ya solo, y dormí todo el día. Él también, supongo".
-Jonas Sánchez en la revista Cáñamo

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