EL ÉXITO, ESE ASESINO
"No, el éxito no se lo deseo
a nadie. Le sucede a uno
lo que a los alpinistas, que
se matan por llegar a la
cumbre y cuando llegan,
¿qué hacen? Bajar, o tratar
de bajar discretamente, con
la mayor dignidad posible"
Gabriel García Márquez (1927)
de 'El olor de la guayaba' (1982):
'El oficio'
¿Para qué sirve el éxito? ¿Se puede vivir gracias al éxito, o el éxito puede ser un dulce asesino? ¿Nos cambia un éxito, o lo que cambia es la mirada del otro? ¿Qué se perdona menos en Argentina, el éxito o el fracaso? ¿Un éxito lo justifica todo: mentiras, frases huecas, traición?
Me hice muy amigo de Sergio Palma a fines de los años setenta, cuando éramos dos chicos, él campeón argentino del peso Supergallo, yo redactor especial de la revista 'Gente'.
Un día, en plena etapa de enamoramiento con 'La ciudad y los perros', de Vargas Llosa, le hice una nota de tres páginas. La quise escribir en una sola frase unida por nexos: comas, punto y comas, comas. Gelblung, más loco que yo, la publicó tal cual.
Palma ganó el título mundial en Spokane, en el noroeste de Estados Unidos, cerca de Seattle, donde nació Jimi Hendrix. Fue paliza y nocaut en la casa del campeón. Lo levantaron en andas, brazos en alto, llantos de emoción, el brillante cinturón en su cintura. Leo Randolph, su rival, un ex medallista de oro olímpico, decidió dejar el boxeo después de aquella noche.
‒¿Qué se siente, Sergio? Contame.
Con la excusa de otra nota, fui su segundo ‒llevando el balde, atrás de los que sí sabían del tema‒ en su defensa contra el tailandés Vichit Muangroi-et, durísimos 15 rounds en un Luna Park repleto.
Gran pelea. Ovación final, la mano en alto, el estadio que ruge: "¡Paaalma, Paaalma, Paaalma…!" La multitud rendida a sus pies.
Subí, le saqué los guantes y pensé que semejante ritual podía ser, para cualquiera, tan embriagador como destructivo. ¿Cómo se hace para seguir con los pies en la tierra y no sentirse inmortal, omnipotente, único?
‒Fue perfecto ‒me dijo Palma después, pensando en la noche de su consagración‒ lo tiré varias veces, tomé aire dos rounds, lo puse nocaut en el quinto. Si era una película, tenía que terminar ahí. Chau. Mi vida era una flecha que dio justo en el blanco. El problema es que la flecha no se quedaba ahí, clavada. Seguía. Había más vida por delante. Y te das cuenta que lo único que te queda es conservar lo que lograste. No hay más. Algo en mí se apagó, aunque tuve peleas muy buenas. La cima resultó ser un lugar demasiado chico para vivir.
Nunca olvidé esa charla. Una noche, después de su vuelta fallida, su retiro definitivo, me dejó las cosas muy claras: "Ojo Hugo, yo no soy un ex boxeador ¿eh? Yo soy un boxeador que está viejo para seguir peleando".
Es así. Nadie deja de ser lo que es en esencia. Uno se adapta como puede a los cambios, al paso del tiempo. Pero nadie se 'reinventa'. Es imposible hacer tal cosa.
Después hablamos de la enorme diferencia entre un entrenador de boxeo y un director técnico de futbol.
Para un boxeador, su entrenador es lo más parecido a un padre. Un padre que le enseña cómo pararse, a caminar, a defenderse para no sufrir, a plantarse firme, a avanzar. Es la persona que, entre round y round, se agacha para mirarlo a los ojos y explicarle cual es el mejor camino a seguir.
Amílcar Brusa fue todo eso para Monzón, brutal e inmanejable en su vida; disciplinado, obediente y frío en el gimnasio y sobre el ring.
El viejo Santos Zacarías le enseñó todo a Palma, pero era sobreprotector, obsesivo, posesivo, difícil en la convivencia. Y Sergio sintió el odio al padre, por segunda vez.
Desde aquellos años, gracias a esas charlas con Sergio, vivo cada logro en mi carrera profesional feliz, pero con una serenidad incómoda.
Como un anticipo de la melancolía.
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