Reflexión sobre la arrogancia
La arrogancia es como una máscara que cubre nuestras verdaderas inseguridades. Es el intento del ego por aparentar superioridad cuando, en el fondo, se siente pequeño. Una persona arrogante no escucha, no aprende, no crece; cree que ya lo sabe todo, que está por encima de los demás, y en ese orgullo se encierra en su propia limitación.
La arrogancia separa. Cierra puertas, hiere relaciones y bloquea el crecimiento interior. Porque donde hay arrogancia, no hay humildad. Y sin humildad, no hay espacio para reconocer errores, para cambiar de opinión, para evolucionar como ser humano.
Ser humilde no es rebajarse, es reconocerse con verdad: con fortalezas y debilidades. Es tener la grandeza de aceptar que aún tenemos mucho por aprender y que cada persona que cruza nuestro camino, por más sencilla que parezca, puede enseñarnos algo.
La verdadera sabiduría no hace ruido. No necesita gritar ni imponerse. Se manifiesta en la quietud del alma, en la escucha atenta, en el respeto profundo por la experiencia ajena.
Liberarse de la arrogancia es dar un paso hacia la autenticidad, hacia una vida más libre, más conectada, más consciente. Porque solo cuando dejamos de pretender ser más que otros, podemos empezar a ser más nosotros mismos.
Dulce Lome
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