La constancia es el arma secreta más subestimada en el running. Todos hablan del plan de entrenamiento perfecto, de los mejores tenis o de la herramienta de recuperación más novedosa, pero nada de eso importa si no puedes presentarte día tras día.
Piénsalo: faltar a un entrenamiento no arruina tu temporada, pero faltar uno se convierte en faltar dos, y pronto el hábito desaparece. En cambio, acumular días constantes —aunque algunos sean lentos, cortos o imperfectos— construye una base inquebrantable. El progreso no se logra con saltos repentinos; se construye ladrillo a ladrillo con cada carrera que sumas.
La constancia también se acumula. El trote fácil de hoy hace que el entrenamiento de mañana sea más llevadero. La rutina que mantienes este mes hará que el kilometraje del próximo se sienta natural. Incluso cuando la motivación desaparece, la rutina toma el control. Y es ahí cuando empiezas a ver avances que otros nunca alcanzan porque se rinden demasiado pronto.
¿La mejor parte? La constancia no significa perfección. Significa estar presente incluso cuando hace mal clima, cuando las piernas pesan o cuando el ritmo es más lento de lo que quisieras. Se trata de confiar en el proceso y permitir que los pequeños esfuerzos se acumulen hasta convertirse en grandes resultados.
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