Cuentan que una mañana, en el puerto del Pireo, un humilde vendedor de pan se acercó a Aristóteles Onassis.
Con la cesta en las manos, le ofreció una barra recién horneada. Onassis, con esa mezcla de ironía y curiosidad que tienen los hombres hechos a sí mismos, decidió provocarlo.
Sacó una moneda, la hizo girar en el aire y le propuso un trato:
—¿Cara o cruz?
Si ganas, te llevas todo el dinero y los cheques que llevo encima.
Si pierdes, dejas tu pan… y tu puesto en el mercado.
El hombre se quedó en silencio. Miró su pan, pensó en su familia, y dijo con voz temblorosa:
—No puedo arriesgar lo poco que tengo.
Onassis sonrió, guardó la moneda en el bolsillo y, al marcharse, le dijo sin levantar la voz:
—Por eso naciste vendedor de pan… y morirás vendedor de pan.
Dio unos pasos, se detuvo, y añadió:
—Yo también soy vendedor de pan… pero la única diferencia es que yo sí arriesgo.
Aquel panadero conservó su pan, pero Onassis se fue a construir su imperio.
Moraleja de sabios:
El miedo te da seguridad, pero nunca grandeza.
Los que cambian su destino no son los que esperan… son los que apuestan.
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