lunes, 15 de diciembre de 2025

El tiempo no perdona

Últimamente noto el tiempo.
No como antes, que pasaba sin hacer ruido, sino con peso. Se le ha instalado en los huesos, en esa pausa larga antes de levantarse, en el suspiro lento que ya no disimula. Camina más despacio, como si el suelo pidiera más cuidado, y a veces se le pierden las llaves, o se queda mirando la tele sin ver nada. Y aunque sus manos aún son fuertes, aunque su voz aún tiene ese tono que me hacía enderezar la espalda de niño, hay algo en su mirada que me desarma: un destello de rendida ternura, como si el tiempo, por fin, le hubiera enseñado a bajar la guardia.

Verlo envejecer es aprender a querer de otra manera.
Durante años, él fue mi roca inamovible. El que cargaba con todo sin quejarse, el que trabajaba hasta el cansancio y aún tenía fuerzas para revisar mis tareas o arreglar una puerta que chirriaba. Ahora, a veces, soy yo quien le ofrece el brazo al caminar. Y duele. No porque él sea frágil, sino porque soy yo quien empieza a sentir el vértigo de ser fuerte por los dos.

No es debilidad lo que veo en él. Es humanidad, hecha carne y memoria.
Y me quiebra, porque me recuerda que el tiempo no perdona a nadie. Que este cuerpo, que una vez llevó mi mundo a cuestas, ahora pide tregua. Que la silla donde se sienta, un día estará vacía, y sus historias solo vivirán donde yo las guarde.

Mientras otros se impacientan, yo intento quedarme quieto a su lado.
Escucharle cuando repite la misma anécdota, porque en cada repetición atisbo al joven que fue. Sentarme con él sin el móvil en la mano, porque estos instantes tranquilos se han vuelto sagrados. Los guardo como tesoros escondidos, sabiendo que algún día serán todo lo que me quede.

Si este dolor me ha enseñado algo, es esto:
Quiero abrazarlo más fuerte. Quiero darle las gracias por todo, incluso por lo que calló. Quiero memorizar el sonido de su risa, la textura de sus manos, la paz de su silencio compartido. Sí, verlo envejecer duele en el alma…
Pero duele más saber que no siempre estará. Y por eso hoy elijo quedarme.
Quedarme, para que cuando el adiós llegue, no haya espacio para el remordimiento. Solo gratitud, inmensa y callada, por haber caminado juntos hasta el final.

Porque el amor, cuando se hace consciente de la despedida, no se grita.
Se teje en los detalles pequeños: en la taza de café servida sin preguntar, en la mirada que sostiene la suya un segundo más, en el brazo que se ofrece sin que haga falta pedirlo.
Al final, no es el fin lo que nos define, sino cómo amamos mientras llega.

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