Las cifras oficiales hablan de 16 víctimas comprobadas; las estimaciones, de casi cincuenta.
Entre finales de los años noventa y los primeros meses de 2006, la Ciudad de México vivió una ola de asesinatos que desconcertó tanto a las autoridades como a la opinión pública. Las víctimas eran, en su mayoría, mujeres mayores que vivían solas. Los casos parecían desconectados: diferentes colonias, distintos días, pero un mismo patrón de violencia.
Durante años, la prensa y la policía hablaron de un asesino en serie. Nadie imaginó que detrás de los crímenes se encontraba una mujer: Juana Barraza Samperio.
Barraza nació en 1957, en Hidalgo. Su infancia estuvo marcada por el abuso y el abandono, elementos que los especialistas considerarían más tarde como parte de su perfil criminal. Antes de su arresto, trabajaba en oficios informales y, durante un breve tiempo, en el mundo de la lucha libre, bajo el nombre La Dama del Silencio.
Su modus operandi era meticuloso: ganarse la confianza de las víctimas fingiendo ser trabajadora social o asistente de salud, ingresar a sus hogares y, una vez dentro, atacarlas con brutalidad, principalmente por estrangulamiento.
En enero de 2006, su captura puso fin a casi una década de miedo. Fue detenida en flagrancia tras asesinar a una mujer de 82 años en la colonia Moctezuma. Las pruebas eran irrefutables: testimonios, coincidencias físicas, huellas dactilares y objetos encontrados en su posesión.
Durante el juicio, fue declarada culpable de 16 homicidios, aunque las autoridades sospechan que podría haber cometido entre 42 y 48 asesinatos. En 2008, la justicia mexicana la sentenció a 759 meses de prisión, pena que en la práctica equivale a 60 años, el máximo permitido por ley.
El caso estremeció al país. No solo por la cantidad de víctimas, sino porque reveló una vulnerabilidad social profunda: la soledad de las personas mayores y la facilidad con la que la confianza puede volverse un arma.
Más allá de los titulares, las cifras de Juana Barraza continúan siendo una advertencia: la violencia no siempre tiene un rostro predecible, y el peligro puede hablar con voz amable.
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