Correr activa lo que el neurocientífico Dr. John Ratey llama “Miracle-Gro para el cerebro”: incrementa la producción de BDNF (factor neurotrófico derivado del cerebro), una sustancia que literalmente favorece el crecimiento de nuevas conexiones neuronales, al mismo tiempo que reduce el cortisol y los marcadores inflamatorios asociados con la depresión y la ansiedad.
Esto es lo que muestra la investigación: el ejercicio aeróbico no solo libera endorfinas (aunque sí lo hace). Estudios del Dr. David Linden demuestran que correr activa el sistema endocannabinoide, aumenta la señalización de serotonina y dopamina y mejora el funcionamiento de la corteza prefrontal, generando efectos neuroquímicos combinados que pueden durar horas después de terminar de correr.
En pocas palabras: la química de tu cerebro realmente cambia con la práctica constante del running, no solo de forma temporal, sino estructural con el paso del tiempo.
Lamentablemente, muchas personas atribuyen estas mejoras del estado de ánimo a una vaga “descarga de endorfinas”, sin comprender las complejas adaptaciones multisistémicas que son las verdaderas responsables de los beneficios para la salud mental.
La buena noticia es que investigaciones del Dr. Jasper Smits muestran que incluso correr de manera moderada (30 minutos, 3 veces por semana) produce mejoras en la salud mental comparables a los medicamentos antidepresivos en casos de depresión leve a moderada.
Más allá de la neuroquímica, la psicología del ejercicio —con estudios del Dr. Albert Bandura— señala que correr genera “experiencias de dominio”: evidencia directa de que el esfuerzo sostenido crea capacidad.
Esto fortalece la autoeficacia, una confianza que se transfiere a otras áreas de la vida.
En conclusión: correr no solo hace que los días difíciles se sientan más llevaderos; reconfigura el sistema de respuesta al estrés del cerebro, kilómetro a kilómetro. 

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