domingo, 18 de enero de 2026

Una mente que corría más rápido que el tiempo


Tenía veintiséis años.
Y una mente que corría más rápido que el tiempo.
Escribía código como otros escriben poesía.
No buscaba fama ni dinero. Buscaba libertad.
Libertad para las ideas. Por el conocimiento. Para el hombre.
Se llamaba Aaron Swartz.
Nació en Chicago en 1986, y a los trece años ya había creado una enciclopedia en línea, cuando Wikipedia aún no existía.
A los catorce contribuyó al desarrollo del RSS, el sistema que permite al mundo recibir actualizaciones en tiempo real.
A los diecinueve años trabajó en el nacimiento de Reddit, una de las plataformas más influyentes del planeta.
Pero su talento no era lo que lo definía.
Era su idea de justicia.
Aaron creía que Internet no era un mercado, sino una biblioteca.
Un lugar donde el conocimiento debía ser libre, y no vendido al mejor postor.
Cuando descubrió que millones de artículos científicos permanecían cerrados tras un muro de pago, decidió rebelarse.
En 2011, ingresó al sistema del MIT y descargó millones de documentos académicos de la base de datos JSTOR.
Quería liberarlos.
No por ganancia.
Por principio.
El Estado americano reaccionó como si hubiera violado un secreto militar.
Lo acusaron de fraude informático, le prometieron treinta y cinco años de cárcel y una multa de un millón de dólares.
Tenía veintiséis años.
Era un idealista.
Y el mundo lo aplastó.
El 11 de enero de 2013, Aaron Swartz se quitó la vida en su apartamento de Brooklyn.
Había visto demasiada injusticia, demasiada miopía.
Había entendido que la verdadera prisión no está hecha de barrotes, sino de reglas ciegas.
Su muerte causó revuelo.
No solo entre los programadores.
Hizo ruido entre quienes creen que el saber es un derecho, no un privilegio.
Entre quienes piensan que la cultura no debe tener precio.
"La información es poder", escribía. Y el poder debe ser compartido. Desde entonces, su nombre se ha convertido en un símbolo.
Cada vez que leemos algo gratis, cada vez que el conocimiento cruza una frontera sin pedir permiso, hay un poco de él en ese acto.
Aaron Swartz tenía el don de ver Internet no como una red de cables, sino como una red de personas.
Y tal vez, su sueño más grande no era liberar los datos.
Era liberar al hombre del miedo a compartirlos.
Un chico, una idea, una vida corta.
Pero lo suficientemente larga para recordarnos que la libertad —la verdadera— no se compra. Se defiende. Con un clic, o con coraje.
Tomado de Web
Buenas noches, feliz descanso estimados lectores!

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