lunes, 16 de febrero de 2026

Mentir es un músculo

PATRICK JANE:  Considero que mentir es uno de los músculos sociales más antiguos y mejor entrenados de la humanidad. Desde la infancia, aprendemos, a veces sin darnos cuenta,  que ocultar, adornar o distorsionar la verdad puede servir como escudo, herramienta o moneda de cambio.
 Mentir no siempre nace del mal, sino de la necesidad: protegernos, evitar un castigo, conseguir aceptación, mantener poder o preservar una imagen. Por eso, la mentira no solo es un acto moralmente cuestionable, sino también un fenómeno psicológico y social profundamente funcional, útil y necesario.
Con el tiempo, ese músculo se fortalece. Hay quienes mienten con torpeza, y quienes lo hacen con precisión quirúrgica, dominando su respiración, sus gestos y su narrativa.
 La mentira se perfecciona como una técnica de persuasión y supervivencia. En política, en los negocios, en las relaciones personales, se convierte en un lenguaje alterno que busca moldear percepciones más que transmitir hechos.
Por eso, aprender a detectar la mentira no es un acto de desconfianza, sino de lucidez. Quien comprende cómo funciona la mentira —sus motivaciones, sus patrones, sus microexpresiones, su lógica emocional— puede navegar el mundo con mayor claridad.
 Detectarla implica leer más allá de las palabras: observar el cuerpo, los silencios, las incongruencias, el ritmo de la voz, el peso emocional de lo dicho.
Pero más importante aún es entender su función. La mentira revela tanto del mentiroso como del contexto que la produce. A veces no se miente por maldad, sino por miedo; no para herir, sino para sobrevivir. Sin embargo, una sociedad que no distingue entre la verdad y la manipulación pierde su brújula moral y su capacidad de confiar.
En el fondo, entrenar el ojo para detectar la mentira es también entrenar el alma para defender la autenticidad. Porque quien domina el arte de leer la falsedad, comprende el valor inmenso de la verdad.

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