Recordamos el pasado como si hubiera sido mejor de lo que realmente fue. Con el tiempo, la memoria suaviza los errores, borra los momentos incómodos y deja solo las escenas que nos convienen. Idealizamos etapas que, si volviéramos a vivir, traerían también sus propias cargas.
Al mismo tiempo, miramos el presente con dureza. Nos enfocamos en lo que falta, en lo que no salió como esperábamos, en lo que todavía no hemos logrado. Rara vez reconocemos lo que sí hemos construido o superado.
Y mientras tanto, proyectamos un futuro lleno de complicaciones. Anticipamos problemas que aún no existen y sufrimos por escenarios que quizá nunca ocurran. Nos angustiamos por adelantado, como si pensar en lo peor pudiera protegernos.
Así se construye gran parte de la infelicidad: un pasado idealizado, un presente subestimado y un futuro temido. No es la realidad la que pesa tanto, sino la interpretación que hacemos de ella.
El problema no es lo que fue, ni lo que es, ni lo que será. El problema es el filtro con el que miramos cada etapa. Cuando ese filtro está teñido de nostalgia y miedo, todo parece insuficiente o amenazante.
Pero la vida solo ocurre en el ahora. No en el recuerdo adornado ni en la preocupación imaginada. El único momento que realmente podemos habitar y transformar es este.
Cuando dejamos de comparar el presente con un pasado romántico y de temer un futuro incierto, empezamos a experimentar una forma más simple y real de felicidad: aceptar lo que es, valorar lo que hay y confiar en que lo que viene será más manejable de lo que pensamos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario