lunes, 13 de abril de 2026

Nacido para correr.....

𝗘𝗠𝗜𝗟 𝗭Á𝗧𝗢𝗣𝗘𝗞
"Existe un soldado checo, bobo desgarbado que corre de una forma tan horrenda que «parece que acaba de recibir una puñalada en el corazón»" Fueron las palabras de un  periodista deportivo de la época. 

Pero Emil Zátopek amaba tanto correr que incluso cuando era todavía un soldado raso en un campamento de reclutas solía coger una linterna y salir a correr veinte millas a través del bosque en plena noche.

En invierno; después de un día entero de ejercicios de adiestramiento militar, cuando había demasiada nieve, Zátopek corría dentro de una tina llena de su propia ropa sucia, haciendo ejercicio a la vez que lavaba sus calzoncillos. Cuando el tiempo mejoraba lo suficiente como para poder salir a correr, se volvía loco: corría los cuatrocientos metros tan rápido como podía, una y otra vez, noventa veces, trotando doscientos metros para descansar entre carreras. Para cuando terminaba, había hecho treinta y tres millas a toda velocidad. Si le preguntabas por su ritmo de carrera, se encogía de hombros; nunca se había cronometrado. 

Para desarrollar explosividad, Zátopek y su esposa Dana solían jugar a tirarse una jabalina, corrían adelante y atrás a través de un campo de fútbol lanzándosela como si fuera un frisbee alargado y mortal. 
Uno de los ejercicios favoritos de Zátopek combinaba todos sus amores en uno: corría a través del bosque con sus botas militares puestas y cargando a su adorada esposa en la espalda.
Todo esto era una pérdida de tiempo, claro. Los atletas checos eran como el equipo de bobsleigh de Zimbabwe; no tenían tradición, ni entrenadores, ni talentos locales, ni oportunidad alguna de ganar. Pero ser excluido de las quinielas era liberador, dado que no tenía nada que perder, Zátopek era libre de intentar cualquier forma de ganar. 

Echemos un vistazo a su primera maratón: todo el mundo sabe que la mejor manera de conseguir llegar a las 26,2 millas es corriendo despacio distancias largas. Todos, exacto, excepto Emil Zátopek; él hacía sprints de cien metros, en cambio. «Ir lento ya sé —razonaba—. Pensaba que de lo que se trataba era de ir rápido». 

Su espantoso estilo, como si estuviera muriendo entre espasmos, era una mina inagotable de líneas con gancho para los escribas del atletismo ( «Un espectáculo aterrador», «Corre como si su próximo paso fuera a ser el último», «Parece un hombre luchando con un pulpo sobre una cinta de transporte»), pero Zátopek se lo tomaba con humor. 
«No soy lo suficientemente talentoso como para correr y sonreír al mismo tiempo», decía. «Lo bueno es que esto no es patinaje artístico. Los puntos se ganan por velocidad, no por estilo».

¡Y vaya por Dios si le gustaba hablar! Zátopek se enfrentaba a la competición como a un juego de citas rápidas. Incluso en plena carrera, parloteaba con los otros corredores, practicando sus chapurreos en francés, inglés o alemán, hasta el punto de que un británico gruñón se quejó de la «incesante cháchara» de Zátopek. En los encuentros en el extranjero, a veces metía tantos nuevos amigos en su habitación que terminaba por renunciar a su cama y dormía bajo un árbol en la calle. 

Una vez, justo antes de una carrera internacional, se hizo amigo de un corredor australiano que soñaba con romper el récord de los cinco mil metros de Australia. Zátopek estaba inscrito únicamente en la carrera de 10 000 metros, pero se le ocurrió un plan: le dijo al australiano que abandonara su carrera y, en su lugar, corriera junto a él. Zátopek se pasó la primera mitad de los diez mil metros marcándole el ritmo a su nuevo amigo para que consiguiera su récord, luego aceleró para ocuparse de sus propios asuntos y ganó.

Era una escena típica de Zátopek. Las carreras para él eran como una especie de tour por bares. Adoraba tanto competir que en lugar de dosificarse, se inscribía en tantas carreras como era capaz de encontrar. Durante un periodo frenético a finales de los años cuarenta, Zátopek corrió casi cada dos semanas a lo largo de tres años y nunca perdió, alcanzando una racha de 69-0. Incluso con una agenda como esa, seguía promediando 165 millas a la semana de entrenamiento. 

Zátopek era un autodidacta calvo de treinta años, a punto de ser echado de su apartamento en algún pueblo perdido y decrépito de Europa del Este cuando llegó a las Olimpiadas de Helsinki en 1952. Dado que el equipo checo era tan corto, Zátopek pudo elegir entre las distintas carreras de larga distancia, así que las eligió todas. Se presentó a los 5000 metros y ganó estableciendo un nuevo récord olímpico. Se presentó a las 10 000 metros y obtuvo su segunda medalla de oro con otro récord. Nunca había corrido una maratón antes, pero qué demonios; con los dos oros colgándole del cuello, no tenía nada que perder, así que ¿por qué no terminar el trabajo e intentarlo?

La inexperiencia de Zátopek se hizo evidente rápidamente. Era un día caluroso, así que el inglés Jim Peters, que en ese momento ostentaba el récord mundial, decidió usar el calor para hacer sufrir a Zatopek. Hacia la milla diez, Peters estaba ya diez minutos por debajo de su propia marca y dejando atrás al resto del pelotón. Zátopek no estaba seguro de que alguien fuera realmente capaz de mantener un ritmo así de devastador.

—Perdone —dijo poniéndose al lado de Peters—. Esta es mi primera maratón. ¿Estamos yendo demasiado rápido?

—No —dijo Peters—. Demasiado lento más bien.

Si Zátopek era suficientemente tonto como para preguntar algo así, se merecía una respuesta similar.

Zátopek estaba sorprendido.

—¿Ha dicho demasiado lento? —preguntó de vuelta—. ¿Está seguro de que este ritmo es demasiado lento?

—Sí —respondió Peters. Luego él recibió una sorpresa.

—Ok. Gracias.

Zátopek le tomó la palabra y despegó. Cuando atravesó el túnel para ingresar en el estadio, fue recibido con una ovación: no eran solo fans, sino atletas de todos los países que habían atiborrado la pista para animarlo. Zátopek cruzó la línea de meta y obtuvo su tercer récord olímpico, pero cuando sus compañeros del equipo checo se acercaron a felicitarlo, ya era tarde: los velocistas jamaicanos lo llevaban ya alzado en hombros por la pista. 

«Propóngamonos vivir de manera tal que cuando nos toque morir hasta el enterrador lo lamente», solía decir Mark Twain. 

Zátopek dio con una forma de correr que hacía que cuando ganaba, incluso los otros equipos estuvieran encantados. No se le puede pagar a alguien para que corra con esa alegría contagiosa. Tampoco se lo puede intimidar para que lo haga, como desafortunadamente comprobaría Zátopek. Cuando el Ejército Rojo invadió Praga en 1968 para aplastar al movimiento pro democracia, a Zátopek le dieron a elegir: podía unirse a los soviéticos y hacer las veces de embajador deportivo, o podía pasarse el resto de su vida limpiando retretes en una mina de uranio. Zátopek eligió los retretes. Y de esa manera, uno de los atletas más queridos del mundo desapareció.

Por la misma época, su rival por el título de mejor corredor de distancia del mundo estaba también recibiendo una paliza. Ron Clarke, un corredor australiano tremendamente talentoso y poseedor de una belleza morena tipo Johnny Depp. Mientras Zátopek había tenido que aprender por sí mismo a correr a través de la nieve en plena noche después de cumplir sus deberes como centinela de guardia, el niño bonito australiano había disfrutado de correr por las mañanas, bajo el sol de las playas de la península Mornington, así como de un entrenador experto. Clarke tenía de sobra todo aquello que Zátopek podía desear: Libertad. Dinero. Elegancia. Pelo…

Ron Clarke era una estrella, pero aun así era un perdedor a los ojos de sus compatriotas. Pese a haber batido diecinueve récords en todas las distancias desde la media milla hasta las seis, nunca había conseguido ganar las carreras más importantes. En el verano de 1968, desperdició su última oportunidad: durante la final de los diez mil metros de los Juegos Olímpicos de Ciudad de México, Clarke fue noqueado por el mal de altura. Previendo la tormenta de insultos que lo esperaba en casa, Clarke retrasó su regreso y se detuvo en Praga para realizar una visita de cortesía al tipo que nunca perdía. Hacia el final de la visita, Clarke alcanzó a ver a Zátopek escondiendo algo en su maleta.
«Pensé que estaba llevando de contrabando algún mensaje suyo para alguien en el mundo exterior, así que no me atreví a abrir el paquete hasta que el avión se había alejado lo suficiente», contaría Clarke. 

Zátopek se había despedido con un fuerte abrazo. «Porque te lo mereces», le dijo, lo que Clarke encontró bonito y muy conmovedor; el viejo maestro tenía problemas mucho peores con que lidiar, pero pese a ello tenía el suficiente espíritu deportivo para ofrecer un abrazo victorioso al joven gamberro que había perdido la oportunidad de subirse al podio. 

Sólo después Clarke descubriría que Zatopek no se refería al abrazo: en su maleta, encontró la medalla de oro que Zátopek había ganado en los diez mil metros en las Olimpiadas de 1952. Dársela al hombre que lo sucedería en los libros de récords era extremadamente noble de parte de Zátopek; dársela en ese preciso momento, cuando él mismo estaba perdiendo todo lo demás, fue un acto de una compasión casi inimaginable.

«Su entusiasmo, su amabilidad y su amor por la vida, alumbraban cada momento.» 
Un abrumado Ron Clarke diría después:

«No ha habido, ni nunca habrá un hombre más grande que Emil Zátopek». 🍂

📚 𝑵𝒂𝒄𝒊𝒅𝒐𝒔 𝒑𝒂𝒓𝒂 𝒄𝒐𝒓𝒓𝒆𝒓.
✍️ 𝐂𝐡𝐫𝐢𝐬𝐭𝐨𝐩𝐡𝐞𝐫 𝐌𝐜𝐃𝐨𝐮𝐠𝐚𝐥𝐥.
Uploaded Image

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Nacido para correr.....

𝗘𝗠𝗜𝗟 𝗭Á𝗧𝗢𝗣𝗘𝗞 "Existe un soldado checo, bobo desgarbado que corre de una forma tan horrenda que «parece que acaba d...