¿Se ha convertido el dolor de su pasado en una prisión de su presente?
18 de agosto de 2023
Imagínese a un hombre encorvado ante una serie de envases con sustancias químicas, añadiendo una pizca de esto y una pizca de aquello al desagradable líquido verde que tiene ante sí. Está pensando en alguien que le hizo daño, recordando todas las humillaciones y heridas que le hizo sentir, y está preparando un veneno para desquitarse.
Terminado su trabajo, suspira aliviado y toma el vaso en sus manos, maravillado de lo que ha creado. “Esto le servirá de lección”, dice el hombre, y luego se bebe el amargo brebaje. Esto no es algo que uno esperaría ver, desde luego. Sin embargo, es muy probable que usted haya hecho esto mismo en un momento u otro.
La amargura es un veneno que preparamos para otra persona, pero que luego nos bebemos nosotros. Es algo que a menudo alimentamos y cultivamos con mucho cuidado a lo largo de los años. Si alguien nos hiere —ya sea de manera intencional o no— y comenzamos a fantasear con mil y una formas de vengarnos, lo único que estamos haciendo es destruir nuestro corazón y nuestra mente. Felizmente, nuestra fe nos ofrece una manera mejor de vivir. En vez de alimentar el odio, podemos “apartarnos del mal y hacer el bien; buscar la paz y seguirla” (cf. Sal 34.14).
Biblia en un año: Jeremías 31-32
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