Agradecer el trabajo no es ignorar el cansancio, ni romantizar el esfuerzo duro. Es reconocer que, aun con las manos agotadas y el cuerpo vencido, hay un propósito sosteniéndote de pie. Cada ladrillo que se levanta, cada gota de sudor, es dignidad en movimiento.
Mientras muchos se levantaron con la esperanza de encontrar una oportunidad y regresaron con las manos vacías, tú estás construyendo algo: una casa, un sueño, un sustento, un futuro. El trabajo no solo paga cuentas, también da sentido, disciplina y orgullo.
Hoy, aunque duela la espalda y pesen los días, agradece. Porque trabajar es una bendición que no todos reciben, y porque detrás de ese esfuerzo hay una historia de lucha, valentía y fe que merece ser honrada.
No hay comentarios:
Publicar un comentario