El hombre que tendió la emboscada a Emiliano Zapata no murió en la cama, rodeado de familiares, con un suspiro de arrepentimiento. Murió frente a un pelotón de fusilamiento, en Monterrey, un año y tres meses después de haber asesinado al Caudillo del Sur. Se llamaba Jesús Guajardo. Fue ascendido a general de división por su "hazaña". Pero el gusto le duró poco. La historia, a veces, tiene una justicia poética. No siempre, pero a veces. Guajardo se alzó contra el gobierno de Adolfo de la Huerta, fue derrotado, capturado y fusilado. Su cuerpo cayó en el mismo polvo que había visto caer a Zapata. La diferencia es que Zapata se convirtió en leyenda. Guajardo, en un villano olvidado.
Así terminó Jesús Guajardo, el hombre responsable de organizar la emboscada y el asesinato de Emiliano Zapata a traición. No fue un combate. Fue una celada. Zapata confió en él. Le creyó cuando dijo que quería pasarse a sus filas. Le creyó cuando dijo que le entregaría armas y municiones. Era mentira. Todo era mentira. El coronel Guajardo, que entonces servía al general Pablo González, había sido enviado para tenderle una trampa al Caudillo del Sur. Y Zapata, que había sobrevivido a decenas de batallas, que había escapado de emboscadas, que había burlado a la muerte más veces que cualquier hombre, cayó. El 10 de abril de 1919, en la hacienda de Chinameca, Morelos, los soldados de Guajardo lo acribillaron. El caudillo cayó. Pero su causa no.
Gracias a este "logro" que le fue encargado por el general Pablo González, Guajardo fue ascendido a general de división. Los carrancistas lo celebraron como a un héroe. Los periódicos oficiales lo elogiaron. Le dieron medallas, ascensos, reconocimientos. El hombre que había matado a traición a Zapata ahora era un general de división. La moral, a veces, es un lujo que los poderosos no pueden permitirse. Les importan los resultados, no los métodos.
Sin embargo, el gusto le duraría poco. Un año después, Guajardo se alzaría contra el gobierno de Adolfo de la Huerta. No se sabe si fue por ambición, por descontento o por simple estupidez. Se unió a una rebelión en contra del gobierno central. Fue derrotado. Capturado. Fusilado en Monterrey el 17 de julio de 1920, poco más de un año después de la muerte de Zapata, acaecida el 10 de abril de 1919. La justicia humana es lenta e imperfecta. Pero la justicia poética, a veces, es implacable.
Guajardo no fue el único responsable de la muerte de Zapata. El general Pablo González, que le ordenó la emboscada, también tuvo su merecido. No fue fusilado, pero murió en el exilio, olvidado, en 1956. Los años no le dieron la gloria que buscaba. Los libros de texto lo mencionan como un traidor. Su nombre es sinónimo de infamia. Pero Guajardo, el ejecutor material, tuvo un final más dramático. Murió como había vivido: entre balas.
Hoy, la tumba de Guajardo está en algún lugar de Monterrey. No hay flores. No hay visitantes. No hay coronas. Los monterreyes no lo recuerdan con cariño. Los mexicanos, tampoco. Su nombre es una nota al pie en los libros de historia. Una nota al pie que dice: "El asesino de Zapata". Nada más.
Zapata, en cambio, está en todas partes. En los murales de Diego Rivera. En los billetes de veinte pesos. En las marchas campesinas. En las canciones de los corridos. En la memoria de un pueblo que no olvida. Guajardo mató al hombre. No pudo matar la idea. Y esa idea, la de la tierra para quien la trabaja, la de la justicia para los campesinos, la de la libertad para los oprimidos, sigue viva. Más viva que nunca.
La historia de Jesús Guajardo es una advertencia. Los traidores, a veces, ascienden. Los asesinos, a veces, reciben medallas. Pero el tiempo, ese juez implacable, termina poniendo a cada quien en su lugar. Guajardo fue fusilado. Zapata, inmortal. Así termina la historia. Así termina el cuento. No hay moraleja. Solo hechos. Y los hechos hablan por sí mismos.
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