sábado, 16 de mayo de 2026

Jesús murió por la maldad humana....

Jesus no murió por plan divino, sino por voluntad y maldad humana entre el Sanedrín y Roma.

​«Jesús no murió por ningún plan divino ni por voluntad divina, sino por la voluntad y la maldad humana del Sanedrín y de Roma. Ahora bien, algo que yo admiraba de Sanders, y  lo que admiro de tu legado, es la sinceridad. A pesar de ser creyente, es admirable que tu rigor académico y tu objetividad para ser ecuánime estén por encima de la pistis de la fe, de tus creencias y de tus dogmas. Sanders tenía eso: a pesar de ser protestante, trataba de ser ecuánime y buscaba la verdad histórica y exegética, algo que no hace ni N.T. Wright, ni Craig Keener, etcétera. Y eso sí lo hacía Sanders: decir la verdad desde el punto de vista histórico-crítico y exegético. Jesús fue un profeta escatológico judío, taumaturgo y maestro de la ley, pero no ningún Mesías, ni el Hijo de Dios, ni Dios mismo encarnado, porque no existe el tema de la encarnación en Israel. Mi Dios no es humano-divino, nacido de mujeres mortales; eso es una adaptación cultural del mundo helenístico».

Desde mi perspectiva estrictamente histórico-crítica y exegética, la muerte de Jesús de Nazaret debe despojarse de las narrativas teológicas de expiación cósmica o diseños metafísicos para ser comprendida dentro de las crudas dinámicas del poder político de la Judea del siglo primero. La historia no documenta un sacrificio divino voluntario por los pecados de la humanidad, sino una ejecución sumaria motivada por el temor de las estructuras coloniales y la élite local a perder el control social. Al analizar el acontecimiento bajo el método científico, el indicador histórico más contundente de la verdadera causa de su muerte es el motivo de su condena grabado en el instrumento de ejecución, el *titulus crucis*, que lo señalaba explícitamente como «Rey de los Judíos». Para el aparato administrativo del Imperio romano, encabezado en ese momento por el prefecto Poncio Pilato, la proclamación o aceptación de semejante título por parte de un líder popular no constituía un debate teológico menor, sino un delito flagrante de alta traición y sedición contra la autoridad del César. La crucifixión misma, un método de tortura y ejecución pública empleado exclusivamente por Roma para castigar a esclavos rebeldes, sediciosos y enemigos del Estado, confirma que Jesús fue procesado bajo el derecho penal romano y no bajo la ley judía, la cual contemplaba la lapidación para los delitos religiosos. El arresto y posterior ajusticiamiento de Jesús responden, por lo tanto, a una confluencia de intereses puramente humanos y pragmáticos entre la aristocracia saducea que controlaba el Templo de Jerusalén y el gobernador romano; para la élite sacerdotal, que operaba como colaboradora de los ocupantes, un profeta galileo de corte escatológico que arrastraba masas, anunciaba la inminente llegada del Reino de Dios y alteraba el orden económico del recinto sagrado representaba un peligro geopolítico inaceptable que podía desencadenar una sangrienta represión imperial. Ante el riesgo inminente de una revuelta durante la masiva festividad de la Pascua, Pilato actuó con la conocida brutalidad que le atribuyen los historiadores contemporáneos como Flavio Josefo, eliminando el foco de agitación de manera rápida y ejemplarizante para salvaguardar la *Pax Romana*. En consecuencia, el Jesús histórico no entregó su vida en cumplimiento de un plan trascendental predeterminado, sino que fue víctima del castigo político de un imperio que no toleraba mesianismos ni disidencias que amenazaran el orden establecido.

Osmin Zaldaña (profesor en Ciencias Bíblicas)
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