martes, 27 de noviembre de 2018

Profundo / IBSEN MARTÍNEZ

Tan solo José Ignacio Cabrujas, el gran satírico venezolano, brindó en su dramaturgia la cifra de lo que el petróleo realmente obró en nuestros espíritus



La condición de comarca petrolera habitada originalmente por “grandes comedores de serpientes” —la imagen es del poeta Rafael Cadenas— hizo de Venezuela, durante todo el siglo XX, el tema de una novelística de intención redentora en la que el invariable villano era un gringo con casco de corcho, piqueta de geólogo y brújula Brunton.
El argumento de esas novelas fue también invariable: el hallazgo de inmensos yacimientos de hidrocarburos desquiciaba la Arcadia agrícola, feliz y virtuosa que creíamos ser. En los campamentos de nuestras ficciones petroleras anidaba la pereza, la prodigalidad, la imprevisión, las putas y el juego. El corolario de esas figuraciones es que el excremento de diablo trastocó nuestra índole, que antes de la llegada de la Standard Oil Co. no nos iba mal ni éramos tan malas personas. Ese gringo taimado y codicioso nos traspasa desde Rómulo Gallegos hasta Adriano González León.
En el ámbito de las ideas que el petróleo indujo en nuestras élites, el siglo XX solo parió una frase de resonancia agrícola “¿sembrar el petróleo?” que, a decir verdad, como campanuda consigna de política pública no nos llevó muy lejos.
Tan solo José Ignacio Cabrujas (1937-1995), el gran satírico venezolano, brindó en su dramaturgia la cifra de lo que el petróleo realmente obró en nuestros espíritus.
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