Una apuesta energética que se convirtió en experimento natural
Lo que nadie esperaba es que ese “cultivo de silicio” terminara alterando el propio ecosistema. La sombra de los módulos fotovoltaicos redujo la evaporación, frenó la erosión provocada por el viento y transformó el suelo en un lugar menos hostil. En otras palabras, la energía que buscaba abastecer ciudades también estaba dando vida al desierto.
Los “ecosistemas solares”: ciencia detrás del fenómeno
Investigadores de la Universidad Tecnológica de Xi’an lo documentaron en Scientific Reports: bajo los paneles solares del parque Gonghe, el suelo mostró una fertilidad casi el doble de alta que en las zonas expuestas. El secreto está en el microclima: más humedad retenida, menos golpes de calor y un entorno más estable para que bro
ten especies vegetales.
Las pruebas se realizaron con un método llamado DPSIR (“Conducción-Presión-Estado-Impacto-Respuesta”), que analizó más de 50 variables. Los resultados fueron contundentes: mientras el suelo descubierto apenas alcanzaba una calificación de 0,24 (pobre), el que estaba bajo los paneles llegó a 0,45 (bueno). Una diferencia suficiente para que el desierto comenzara a teñirse de verde.
Energía limpia… y fértil
¿Un modelo global?
Francia ya experimenta con proyectos similares llamados “frutas solares”, donde cultivos crecen bajo estructuras fotovoltaicas. China, con sus desiertos convertidos en mosaicos de placas, podría estar mostrando que la transición energética tiene efectos mucho más amplios de lo previsto.
El desierto de Talatan, antes símbolo de aridez, es hoy también un laboratorio vivo. Una prueba de que la lucha contra el cambio climático puede traer sorpresas: no solo salvar energía, sino también crear vida donde parecía imposible.
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