Parece que fue ayer, pero la voz de Roberto Ledesma lleva décadas flotando en el aire de las salas latinoamericanas. Flota como el humo de un cigarrillo a media noche, con ese fraseo elegante y esa afinación perfecta que lo convirtieron, sin proponérselo demasiado, en uno de los últimos aristócratas del bolero caribeño.
La escuela del trío y el salto al exilio
El oído de Roberto se educó en la disciplina del canto a tres voces. A inicios de los años 50, se convirtió en la primera voz del Trío Martino.
Pero el destino de su generación estaba marcado por la dispersión. En 1960, con el Trío Martino disuelto y una Cuba que cambiaba de piel de forma radical, Roberto hizo las maletas.
Las noches mágicas de Les Violins
Es imposible escribir la crónica de Roberto Ledesma sin detenerse en el mítico restaurante-club Les Violins de Miami. Aquel lugar era un oasis de nostalgia cubana, un escenario con luces tenues donde los músicos tocaban rodeados de un público que arrastraba el dolor del destierro.
Allí, Ledesma empezó a cantar como solista.
"Todo un mundo nos separa por dos distintos senderos, pero el amor es más fuerte que el poder del mundo entero..."
Aquella letra parecía cantarles directamente a los amantes separados por la política y el mar. Su éxito fue instantáneo. Poco después, el sello disquero Gema lo firmó, y su voz se convirtió en patrimonio de todo el continente.
El aliado de Manzanero y el legado del puente
A Roberto Ledesma le debemos, en gran medida, la internacionalización de un joven compositor mexicano que empezaba a revolucionar la canción romántica: Armando Manzanero. Ledesma fue uno de los primeros en intuir la genialidad de temas como "Adoro", "Somos novios" y "Esta tarde vi llover".
Luego vendrían himnos definitivos de su repertorio, como "La pared" o la inolvidable "Camino del puente". Escuchar hoy esas grabaciones es viajar en el tiempo a una época donde la elegancia no se negociaba, donde el cantante vestía de esmoquin impecable y respetaba cada nota de la partitura.
Roberto Ledesma se despidió del mundo del espectaculo. Sin embargo, cada vez que en una noche de lluvia alguien pone un viejo disco y se escucha el compás lento de un piano dando paso a su voz aterciopelada, queda claro que el caballero del bolero nunca se fue del todo.
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