- ¿Por qué aguantas la respiración? - me preguntó un día mi abuelo cuando estaba en el huerto dando golpes con la azada. No tendría yo más de siete años.
- Porque así el tiempo no pasa - Dije inocentemente. Cuando era pequeño creía que si hacía eso, el tiempo se paraba. Y yo quería estar siempre allí. Entre aquellos surcos.
- Pero entonces te pierdes los olores - me dijo mi abuelo.
- No me importa - respondí con seguridad.
Mi abuelo no dijo nada inmediatamente. Fue hasta la toma de agua que había en la pared, junto al cuarto de aperos. De allí salía una manga de riego que llegaba hasta la primera zanja. Giró la llave y tras unos segundos, las regueras empezaron a inundarse. El agua recorrió los surcos moviéndose en zigzag. Cuando todo había quedado cubierto, mi abuelo cerró el grifo.
- ¿Sabes una cosa? - dijo de repente - Mi padre siempre llevaba un pañuelo perfumado en el bolsillo de la solapa. Y cuando yo era pequeño y me cogía en brazos, olía a limón y lavanda. Tengo pocos recuerdos de mi padre, pero ese es uno de ellos.
- Pero es que yo no quiero que pase el tiempo - dije - No quiero que se acabe el verano y volver a clase. Quiero quedarme aquí.
Mi abuelo se quedó pensativo de nuevo mientras se acercaba al borde del huerto. Era casi verano. La tierra estaba seca y absorbía el agua a gran velocidad. Entonces se agachó y empezó a recoger la manguera.
- El tiempo no puedes detenerlo - dijo - Pero sí puedes hacer que tenga muchas cosas dentro para recordarlo después.
- ¿Qué quieres decir? - le pregunté.
- Imagínate que mientras recojo la manguera, siento en las manos todos estos granitos de tierra que se quedan pegados, huelo el suelo húmedo, veo el sol alargando la sombra de los lilos y escucho las campanas llamando a misa. Así, un segundo es mucho más que un segundo, ¿no? Porque está lleno de cosas que me ayudarán a recordar este momento dentro de muchos años. Y fabricar un recuerdo es lo más parecido a parar el tiempo.
Yo escuchaba a mi abuelo entornando los ojos, intentando entender todo lo que me decía. Cuando terminó de recoger todo, salió de la cochera y se sentó en el escalón de piedra que subía a la terraza de atrás. Golpeó el suelo a su lado con la palma de la mano para que me sentara con él. Entonces me pasó su brazo por encima del hombro.
- No digas nada y siente - me dijo sin más explicación.
La luz naranja del atardecer se colaba entre las acacias como un incendio manso. Los penachos de lilas cabeceaban suavemente mecidos por una brisa suave. Desde el prado llegaba el eco lejano de unos cencerros y casi a mis pies, se escuchaba el zumbido de los abejorros entre las flores. A la derecha el huerto aún olía a tierra mojada. Y sobre mi hombro izquierdo sentía el peso de roca de la mano curtida y grande de mi abuelo.
Cuando pienso en aquel momento soy capaz de describir cada detalle, de evocar cada sensación como si fuera hoy.
Tal vez, detener el tiempo no es más que eso: vivir con conciencia.
Y sólo así llegar a notar de nuevo la mano fuerte de mi abuelo y escuchar su voz grave diciendo:
- No digas nada y siente...
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