Con los años he aprendido una verdad que al principio me costó aceptar: no todas las personas que llegan a nuestra vida están destinadas a quedarse.
Algunas aparecen para enseñarnos una lección. Otras para extendernos una mano cuando más lo necesitamos. Algunas nos acompañan en tiempos de alegría, mientras que otras caminan a nuestro lado durante las tormentas más difíciles.
Muchas veces sufrimos cuando alguien se aleja. Nos preguntamos qué hicimos mal, qué pudimos haber dicho o qué habría pasado si las cosas hubieran sido diferentes. Pero no todas las despedidas son una pérdida. Algunas simplemente marcan el final de una etapa.
Hay personas que dejan huellas tan profundas que jamás las olvidaremos, aunque ya no formen parte de nuestro presente. Su paso por nuestra vida tuvo un propósito, y ese propósito quedó cumplido.
La sabiduría consiste en aprender a agradecer por lo vivido sin aferrarnos a lo que ya terminó. No todo lo que se va debe regresar. No toda distancia necesita ser corregida.
La vida está formada por encuentros y despedidas. Y aunque algunas ausencias duelan, cada persona que pasó por nuestro camino dejó algo de sí misma en nosotros.
Quizás la paz llega cuando dejamos de preguntarnos por qué se fueron y comenzamos a agradecer por el tiempo que estuvieron.
Porque algunas personas llegan para quedarse toda la vida.
Pero muchas otras llegan únicamente para cumplir una misión… y después continúan su camino.
No hay comentarios:
Publicar un comentario