A simple vista, la vida del corredor no tiene ningún sentido.
Elegimos voluntariamente poner el despertador de madrugada, atarnos las zapatillas y salir a devorar kilómetros sobre el asfalto. Invertimos meses enteros de nuestra vida, acumulando horas bajo el sol abrasador y lidiando con la fatiga, para preparar nuestro cuerpo y nuestra mente para una sola línea de meta.
Y el verdadero mérito es que no lo hacemos desde el privilegio de vivir solo para entrenar. Lo hacemos después de cumplir con una jornada de 8 horas de trabajo. Salimos a sumar kilómetros cuando por fin has acostado a los niños, sacando tiempo de donde no lo hay y haciendo auténticos malabares con las tareas y el estrés del día a día de cualquier corredor popular. El triunfo real es encontrar esa energía cuando el cuerpo lo único que te pide es tirarte en el sofá.
Pero la respuesta a por qué lo hacemos llega justo ahí, cuando las piernas pesan toneladas y falta el aire. Ahí fuera, cuando solo quedamos nosotros, las zapatillas y el asfalto, encontramos una versión de nosotros mismos que no existe en ningún otro lugar. Correr nos enseña que el límite absoluto que sentíamos ayer es solo el punto de partida de hoy. Es esa sensación de superación constante, ese pulso ganado a la comodidad paso a paso, lo que nos hace amar tanto este deporte. No se trata solo de sumar distancia o de cruzar bajo un arco; se trata de demostrarnos, en el silencio de nuestra propia respiración, de qué estamos hechos realmente.
Cada persona que se ata unas zapatillas tiene su propio motor interno, una historia que le empuja a dar un paso más cuando la lógica dice que te quedes en casa. Yo tengo mis motivos para seguir ganándole la partida a las excusas, pero hoy me gustaría leer los tuyos. Cuéntame: ¿y tú, por qué corres?
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