sábado, 28 de junio de 2025

Se como un Capibara

Dicen que el capibara no le tiene miedo a nada… pero no porque sea un héroe.

Es porque no se mete con nadie.
No compite.
No discute.
No se acelera.

Camina como quien ya entendió que el mundo no se detiene… pero tampoco vale la pena correr.

Anda entre cocodrilos como quien saluda al vecindario.
Pasa junto a jaguares como si fueran compañeros del colegio.
Y nadie lo ataca.
Nadie lo ve como enemigo.
Nadie lo toca.

¿La razón?
No porque sea el más fuerte, sino porque no representa una amenaza.
Porque su energía no agrede, no alborota, no intimida.

El capibara no se impone.
Fluye.
No necesita levantar la voz para hacerse notar.
Tiene esa calma que no exige espacio… pero lo ocupa.

Tiene esa presencia que no necesita ruido.
Esa paz que, sin decir nada, te hace respirar más lento.

Y por eso todos lo buscan:
Las aves, los monos, los perros, hasta los que podrían matarlo.
Porque cerca de un capibara, el mundo deja de parecer tan hostil.

No es que sea invencible.
Es que no da motivos para el conflicto.
Y eso, en un mundo donde todos están listos para pelear, es un superpoder.

No odia.
No se ofende.
No se toma nada personal.

Solo vive.
Con pausa.
Con alma.
Con dignidad.

Y a veces, no necesitamos ser más fuertes…
Solo aprender a caminar como él:
Sin miedo.
Y sin ganas de demostrar nada.

Guiados por Dios – Dr. Charles Stanley



Cuando comenzamos a vivir tomados de la mano del Señor Jesús comienza una aventura emocionante. En el primer mensaje de la serie, Pasos hacia la guía de Dios, el Dr. Stanley explica lo que significa la vida cuando decidimos ser guiados por el Padre celestial. Debemos rendirnos completamente a Él si queremos que nuestras acciones reflejen su gloria. Este mensaje es parte de la serie Pasos hacia la guía de Dios. Para obtener más mensajes de Charles Stanley, incluida la transmisión de esta semana, visite https://www.encontacto.org/vea

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La Solución de Dios para Nuestros Fracasos


Por Rick Warren

Teníamos una deuda porque no cumplimos las leyes de Dios. La cuenta de cobro tenía todos los cargos contra nosotros, pero Dios nos perdonó la deuda y clavó la cuenta en la cruz”. Colosenses 2:14 (PDT)

Tú y yo nos equivocamos de vez en cuando. No tenemos que vivir con culpa, pero tenemos que vivir con nuestros errores.

La Biblia nunca oculta esta verdad. Es dolorosamente honesta sobre los fracasos de sus héroes. Dios salvó al mundo del diluvio a través de un hombre llamado Noé, que luego se emborrachó, se desnudó y lo arruinó todo. Moisés condujo a los hijos de Israel a través del Mar Rojo y hacia la libertad, pero su ira le impidió entrar en la Tierra Prometida. El rey David era un hombre conforme al corazón de Dios, pero también tuvo una aventura y asesinó al marido de la mujer para no ser descubierto.

Dios es consciente de nuestra fragilidad. Si sólo utilizara personas perfectas, la Biblia sería un libro bastante corto. Pero, Dios tiene una solución para nuestros fracasos: la Gracia.

La Biblia dice, “Teníamos una deuda porque no cumplimos las leyes de Dios. La cuenta de cobro tenía todos los cargos contra nosotros, pero Dios nos perdonó la deuda y clavó la cuenta en la cruz” Colosenses 2:14 (PDT).

De hecho, si observas todos esos fracasos en la Biblia, obtienes una imagen clara. Al igual que esos héroes de la Biblia, tú y yo somos trofeos de la gracia de Dios. Tu principal testimonio al mundo que te rodea no son todas las grandes cosas que haces para Dios. Es cómo manejas los errores que has cometido. ¿Te lamentas o te deleitas en la gracia de Dios?

Las personas quieren conocer a un Dios que convierta los fracasos en triunfos. Las personas quieren conocer a un Dios que pueda transformar la vida de las personas destrozadas.

Lo sublime, lo extraordinario de la gracia de Dios no es sólo su poder para perdonar. También es la fuerza que nos da cuando volvemos a empezar.

Reflexiona sobre esto:

  • ¿Qué significa para la vida cristiana ser libre de culpa, pero no libre de errores?

  • ¿Cómo has visto a Dios usar un fracaso tuyo para mostrar al mundo su fuerza y poder?

  • Nombra algunas otras historias de trofeos de gracia dentro de la Biblia. ¿Por qué esas historias son especiales para ti?


Si todavía no has confiado en Jesús y no te has comprometido a seguirlo, ¿por qué esperar más? Si estás listo para cruzar esa línea y tomar la decisión de creer en Jesucristo y seguirlo; haz la oración que encuentras al final de nuestra página: Conoce a Dios

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¿Y cómo van a creer en él, si no han oído hablar de él? ¿Y cómo van a oír, si no hay quien les anuncie el mensaje? ROMANOS 10:14 (DHH)

viernes, 27 de junio de 2025

Massimo Pigliucci, filósofo, sobre la importancia de aprender diferenciar lo importante de lo que no lo es: “Cuando veamos a alguien que es famoso o poderoso, no demos por sentado que es feliz”


Christian Jiménez


El éxito suele medirse por la acumulación: más dinero, más seguidores, más propiedades, más logros. La felicidad, entonces, parece estar siempre un poco más allá, en el siguiente ascenso, la próxima compra o el viaje pendiente. Pero ¿y si ese anhelo constante de tener más no nos acercara a la felicidad, sino que nos alejara de ella?

Massimo Pigliucci es un filósofo, científico y escritor ítalo-estadounidense conocido por su trabajo en filosofía de la ciencia y por ser uno de los principales divulgadores contemporáneos del estoicismo moderno, una corriente que promueve el autocontrol, la racionalidad y la virtud como camino hacia una vida plena. En su nuevo libro 'Guía práctica para el estoicismo', habla de la importancia de aprender a diferenciar lo importante de lo que no lo es. 

Sociedad expuesta constantemente a la comparación. Pigliucci nos recuerda que las únicas cosas buenas son las que dependen de nosotros y que no tiene ningún sentido envidiar o querer ser como otra persona: “Cuando veamos a alguien que es famoso o poderoso, no demos por sentado que es feliz”, afirma.

Solo siendo libres, tenemos el control de nuestra vida. Para los estoicos, el bienestar se encuentra al lado de cuatro virtudes que deberíamos buscar en la vida: sabiduría, templanza, justicia y valor. Solamente con las cuatro lograremos ser felices: “No tiene sentido desear la fama, la riqueza o el poder, sino ser libre”, advierte el filósofo. 

El método más infalible para ganar concursos es participar solo en aquellos que sabemos que vamos a ganar seguro. Pigliucci defiende que no tiene sentido intentar tener más dinero, ser famoso o tener más méritos que nadie. Lo que sí que podemos hacer es intentar ser un poco mejor cada día: “La única manera de serlo”, escribe Pigliucci, “es no asociar nuestro bienestar y nuestra autoestima a ser famosos, ricos o poderosos, algo que no está en nuestras manos”, comenta.

Lo que tenemos, lo que los demás piensan de nosotros, no está en nuestra mano. Para entenderlo, Pigliucci compara nuestra vida con una partida de póker: “A quienes alguna vez hayan jugado al póquer les diré que la vida es así. No decidimos qué mano jugar, eso depende del azar, que es ciego. Podemos conseguir una escalera de color o solo una pareja. O algo intermedio, como un trío. No importa, lo que cuenta es cómo jugamos la mano que nos ha tocado”, comenta el experto.

La clave para ser realmente felices. El filósofo termina con una interesante reflexión: “No depende de nosotros nacer ricos o pobres, listos o un poco tontos, feos o guapos. Lo que sí depende de nosotros”, reflexiona el filósofo norteamericano, “y mucho, es sacar lo mejor de ello. Esa es la medida de nuestra excelencia como seres humanos”, señala en su libro.

Arthur Schopenhauer, el hombre que descifró el universo


Schopenhauer creyó que la esencia última del ser humano era la voluntad, arisco concepto.

Julio César Londoño


Schopenhauer nació en 1788 en el hogar de un banquero y una intelectual. El padre, que se ocupaba de negocios internacionales y aspiraba a que su hijo hiciera lo mismo, le puso Arthur porque es un nombre que se escribe y pronuncia casi igual en todas partes, y le dio desde el principio una formación cosmopolita.

El banquero admiraba a Inglaterra, «patria de la libertad y de la inteligencia», leía a Voltaire y poco más, odiaba la injerencia de Prusia en su ciudad, Danzig, y mudó la familia a Hamburgo. Cuando Arthur le manifestó el deseo de estudiar literatura o filosofía, aceptó con la condición de que primero viajara, aprendiera lenguas y trabajara en comercio. Arthur aceptó a regañadientes, vivió dos años en París, en 1803 fue internado durante dos años en un colegio de Inglaterra, luego estuvo empleado de una casa comercial de Hamburgo y fue profundamente desdichado. Por fortuna su padre murió pronto, se ahogó en un canal cercano a su casa, quizá borracho, aunque la versión oficial fue «suicidio». Arthur tenía 18 años.

Gracias a esta desgracia el joven Arthur Schopenhauer pudo abandonar su insoportable empleo y, apoyado por su madre, volvió al colegio y fue a la universidad. Sin embargo, el resto de su vida extrañó a su padre y mantuvo relaciones muy tensas con su madre y con las mujeres en general, al punto que no es exagerado decir que fue misógino siempre y murió solterón. Sus relaciones con las mujeres fueron apenas sexuales, actividad que consideraba de vital importancia:

Kant sostenía que, a menos que aceptemos que somos individuos que toman decisiones libremente, no tiene sentido hablar de ética. Schopenhauer replicó que no elegimos libremente nada. Somos esclavos de nuestras necesidades físicas: el miedo, el hambre y sobre todo el sexo. Con su expresivo estilo escribió: «El sexo es el fin último de casi toda aspiración humana. Es capaz de introducir sus cartitas de amor y sus mechones de pelo en los portafolios de los ministros y en los manuscritos de los filósofos». (John Gray, Perros de paja).

Publicó <i>El mundo como voluntad y representación</i> de su propio bolsillo y se marchó a Italia a esperar los claros clarines de la gloria... que nunca sonaron. Los 47 ejemplares que se vendieron, de un tiraje de 500, sólo recibieron como comentario un silencio unánime y helado, hecho que lo amargó hasta el tuétano.

La madre escribía novelas y tenía un salón frecuentado por intelectuales de Weimar, la ciudad escogida por la señora luego de la muerte de su esposo. A Schopenhauer no le gustaban las novelas de su madre, ni sus coqueteos con artistas y escritores, y a ella no la entusiasmaban los ensayos de su hijo, ni los libros que él leía, «literatura para farmacéuticos», los llamaba. «Llámalos como quieras», le respondió una vez Schopenhauer, «pero estos libros se leerán cuando ya no se encuentre ninguno de los tuyos ni en un almacén». «Sí, pero de los tuyos aún encontraremos la edición completa en el mismo almacén», replicó ella. (Manuel Freijó, Semblanzas de grandes pensadores, Editorial Trotta, pág. 299, Barcelona, 2020). No se resistían y, aunque trataron de vivir juntos varias veces, fracasaron siempre.

Él reconoció al final de su vida que su madre era una crítica severa y que gracias a ella su estilo se libró de dos defectos fatales: el sentimentalismo y la ampulosidad.

A los 21 años entró en la facultad de medicina de la Universidad de Gotinga. Leía de todo: física, mineralogía, historia natural, botánica, astronomía, meteorología, etnografía, derecho, matemática. Un año después se pasó a la facultad de filosofía, donde estudió las obras de Platón y Kant y descubrió, perplejo, que las «ideas» y las «cosas en sí» de estos pensadores coincidían con ciertas intuiciones epistemológicas que estaban despuntando en su cerebro. En cuanto a la filosofía sapiencial, influyó mucho en él la lectura de los Upanishad, concretamente la idea de que el deseo es una trampa. Desarrolló estas ideas en su obra central, El mundo como voluntad y representación, un trabajo que admirarían Wagner, Nietzsche, Tolstoi, Mann y Borges.

Arthur Schopenhauer puso el punto final de El mundo como voluntad y representación en 1818. Como la modestia no era su fuerte, escribió en el diario: «Sujeta a la sola limitación del conocimiento humano, mi filosofía es la verdadera solución del enigma del mundo», una conclusión que Borges le pareció natural. Cuando escribió Otro poema de los dones, Borges hizo una lista de los sucesos que su corazón agradecía e incluyó a Schopenhauer, «que acaso descifró el universo». Si le creemos a Bertrand Russell, Schopenhauer creía que algunos párrafos habían sido dictados directamente por el Espíritu Santo («Historia de la filosofía occidental», Arthur Schopenhauer).

Aquí mismo Russell afirma que «En Hamburgo cayó bajo la influencia de los románticos, especialmente Tieck, Novalis y Hoffmann. De ellos aprendió a admirar a Grecia y a menospreciar los elementos hebreos del cristianismo. Otro romántico, Friederich Schlegel, lo confirmó en su admiración por la filosofía india».

Medía menos de seis pies, era fornido, de hombros anchos, cuello corto y cabeza grande. Con su ropa cara, los ojos vivos, los labios gruesos y bien formados, y los rizos castaños, parecía más un dandi que un pensador.

El filósofo publicó El mundo como voluntad y representación de su propio bolsillo y se marchó a Italia a esperar los claros clarines de la gloria... que nunca sonaron. Los 47 ejemplares que se vendieron, de un tiraje de 500, sólo recibieron como comentario un silencio unánime y helado, hecho que lo amargó hasta el tuétano.

En el salón de su madre en Weimar conoció a Goethe. Los dos hombres pasaban noches enteras discutiendo de orugas, estratos geológicos y la piedra de la locura. También les gustaba inventar teorías sobre las percepciones, en particular sobre la visión y los colores, y despotricar de la «Óptica» de Newton, concretamente de su brillante teoría del color, dislate incomprensible en dos hombres con buena formación en ciencias. El caso es que ambos estaban más interesados en los efectos psicológicos de los colores que en la física y la geometría de las lentes y la luz. Estaban equivocados. Toda la óptica y el cromatismo modernos son newtonianos. Las emociones que los colores pueden suscitar (punto importante en un momento en que los románticos privilegiaban la emoción sobre la razón) son importantes hoy en los campos de la moda y la publicidad: colores fríos para la decoración de las heladerías, colores calientes para los negocios de comidas calientes, trajes oscuros para la noche y las ceremonias solemnes, trajes claros para los eventos diurnos…

Medía menos de seis pies, era fornido, de hombros anchos, cuello corto y cabeza grande. Con su ropa cara, los ojos vivos, los labios gruesos y bien formados, y los rizos castaños, parecía más un dandi que un pensador.

No usaba el idioma alemán para asuntos distintos a la filosofía. La discriminación de los rubros de sus cuentas la hacía en inglés, y las cifras las asentaba divididas por diez para disimular la magnitud de sus transacciones. Si gastaba 140 marcos en alimentación, por ejemplo, ponía 14. Para las cosas íntimas usaba el griego y, cuando éste no le alcanzaba, el latín. Era un liberal reaccionario que solo esperaba del estado protección para su vida y sus propiedades. En el fondo era un monárquico que despreciaba tanto las protestas sociales que le franqueó su balcón a un oficial del rey para que le disparara a la turba, «a la canalla», durante las revueltas populares de 1848. Escondía el oro en la alacena, entre los granos, y los títulos y las acciones en medio de los libros más impopulares. Dormía con dos pistolas cargadas sobre la mesa de noche.

Se cuenta que en Verona sufrió una crisis nerviosa porque pensó que había aspirado rapé envenenado por sus enemigos; huyó a Nápoles pero no se pudo bajar del tren porque la ciudad estaba asolada por la viruela, y fue a parar en Berlín, donde lo esperaba una epidemia de cólera que se llevó una buena presa: Hegel, un filósofo al que detestaba porque era más exitoso que él y además optimista. Hegel creía en el progreso y era un «apologista del Estado». Admiraba la epistemología de Kant pero atacó su filosofía moral acusándola de ser una versión secular del cristianismo. (agruparla con la cita de Kant de Gray).

Desde 1833 vivió en Fráncfort porque tenía «buenos cafés y buenos odontólogos y médicos menos malos que los de Hamburgo». Durante los 27 años siguientes fue religiosamente rutinario: se levantaba a las siete de la mañana, escribía hasta el mediodía, tocaba la flauta durante media hora y almorzaba en el Hotel Englisher Hof con su propio juego de cubiertos porque era maniáticamente escrupuloso. Regresaba a su casa y leía hasta las cuatro de la tarde, cuando salía a dar una caminata que terminaba siempre en una biblioteca pública donde leía el Times de Londres. Por la noche iba al teatro o a conciertos, cenaba en el Englisher Hof a las nueve de la noche, volvía a su casa, pensaba un rato (no leía de noche «para no arruinar los ojos») y apagaba las luces de su habitación a las diez de la noche. Parece que fue muy activo sexualmente, aunque no hay registros de esto porque el diario erótico que se encontró entre sus papeles fue quemado por el albacea, dice Freijó.

Era un liberal reaccionario que solo esperaba del estado protección para su vida y sus propiedades. En el fondo era un monárquico que despreciaba tanto las protestas sociales que le franqueó su balcón a un oficial del rey para que le disparara a la turba, «a la canalla», durante las revueltas populares de 1848

No podía concentrarse si había ruidos que lo distrajeran, y en estos casos podía ser muy violento. Se cuenta que una tarde, molesto porque el parloteo de dos señoras en el pasillo de su habitación de hotel no le permitían escribir, salió, discutió con las señoras, una de ellas lo encaró, le dijo que estaba loco y que ella no pensaba callarse. Entonces Schopenhauer la empujó, la señora rodó por las escaleras, quedó con lesiones permanentes y el filósofo fue condenado a pagarle una pensión de por vida. Cuando la señora murió, escribió en su diario. «La vieja ha muerto, me libré de la carga».

Nunca pisó barberías, piscinas ni salas de manicure por temor a las infecciones, ni permitió que los barberos le afeitaran el cuello, zona que rasuraba personalmente. Nadie podía tocar sus cigarros ni las boquillas de sus pipas. «Para ser tan incrédulo de la realidad del mundo en general y del «yo» en particular, se ocupó bastante de él mismo», escribe John Gray. «Pero no son la vida, ni su personalidad ni su misoginia los factores que explican el olvido en que ha caído, sino su filosofía pesimista, que (al menos en lo que a Europa respecta) destrozó las esperanzas que el humanismo y la ilustración habían sembrado».

Murió de un ataque al corazón en 1860, a los 72 años de edad. Haciendo gala de su clásico estoicismo, el universo no se inmutó.

Conclusión

Schopenhauer cifró su pensamiento en la voluntad, un concepto difícil que no termino de entender. Parece una idea animista, que las cosas tienen alma, como afirmaba el Melquiades de Gabo y como pensaba Tales de Mileto («Todas las cosas están llenas de dioses») y como creía un señor que pulía lentes: «Spinoza entendió que todas las cosas quieren perseverar en su ser; la piedra eternamente quiere ser piedra y el tigre un tigre», dice Borges en su famosa página «Borges y yo»). Parece una traducción ontológica de la inercia de la física de Galileo: los cuerpos conservan su estado de movimiento o de reposo mientras no intervengan fuerzas externas que lo alteren. La «Gaia» de James Lovelock, esa criatura esférica cuyos microorganismos somos los hombres, los árboles y las montañas, también es una idea animista, como el cosmos de Víctor Hugo. «El universo-hydra retuerce su cuerpo escamado de astros».

Todos los filósofos inventan o descubren una piedra angular, una base de donde partir, de dónde agarrarse en las arenas movedizas del pensamiento, una brújula en el laberinto. Confucio se agarró del cambio, la única constante del mundo (el pensamiento oriental es paradójico). Pitágoras vio en el número la esencia de las cosas: la Justicia era un cuadrado, el cero la nada, el uno el todo, la belleza un asunto de proporciones geométricas, la música longitudes de las cuerdas…

Platón descubrió una abstracción más general, la idea. Sí, detrás de las cosas estaba el número, pero detrás de las cosas y del número estaba la idea: una rosa es en tiempo; la rosa, en la eternidad. Descartes se aferró a su cerebro, o a la conciencia, el único punto sólido que encontró en medio de un mundo gaseoso: «Pienso luego existo» fue su providencial ansiolítico. Kant pensaba que detrás del suceso estaba la cosa en sí. Schopenhauer creyó que la esencia última del ser humano era la voluntad, el arisco concepto que yo trato (inútilmente) de apresar en estas líneas.

¿Por qué, me pregunto, cifrar la esencia del ser humano en la voluntad, esa fuerza cambiante y débil si la comparamos con los instintos y las emociones?

Marco Aurelio y su filosofía estoica aplicada en una rutina diaria a día de hoy: “Cada error es una oportunidad de aprendizaje”


Aunque gobernó el vasto Imperio romano, Marco Aurelio nunca se consideró por encima de nadie. Fue un emperador, sí, pero también un pensador estoico que convirtió la autodisciplina y la reflexión en los pilares de su vida.

Su rutina diaria —marcada por la templanza, la sabiduría y la justicia— sigue siendo, siglos después, un manual de vida para quienes desean cultivar su bienestar emocional, físico y mental.

Madrugar para conquistar la mente

Marco Aurelio no necesitaba despertadores digitales. Antes del amanecer, ya estaba en pie para comenzar su día con una práctica fundamental: escribir y meditar. Esta rutina matinal, influida por la doctrina estoica de la Premeditatio Malorum, consistía en anticipar los retos del día —los conflictos, los obstáculos— como forma de prepararse mental y emocionalmente.

Esa premeditación no era pesimismo, sino entrenamiento. Su filosofía se basaba en aceptar que lo imprevisible forma parte de la vida, pero también que uno puede decidir cómo reaccionar ante ello. Como él mismo escribía: “No malgastes más tiempo argumentando acerca de lo que debe ser un buen hombre. Sé uno de ellos.”

El presente como base del futuro

Atención plena

En una época tan convulsa como el siglo II d.C., Marco Aurelio ya hablaba de lo que hoy llamamos mindfulness. El estoico defendía la atención plena como una herramienta esencial para no vivir atrapado por el pasado ni paralizado por el futuro.

No procrastinar, centrarse en lo que se puede controlar y aceptar lo que no depende de uno eran pilares de su pensamiento. Una lección que cobra especial valor en un mundo actual marcado por la distracción constante.

Ejercicio, naturaleza y cuidado del cuerpo

Para Marco Aurelio, cuidar el cuerpo era tan importante como cultivar la mente. Practicaba ejercicio con regularidad, montaba a caballo, caminaba a diario y disfrutaba de baños relajantes al final del día.

Este equilibrio entre actividad física y reflexión interior le ayudaba a mantener la serenidad incluso en medio de conflictos bélicos y tensiones políticas. Su ejemplo nos recuerda que el bienestar físico es parte inseparable de una buena vida.

Lectura y aprendizaje constante

El emperador no dejaba de aprender. Se nutría tanto de los filósofos antiguos —como Epicteto, Aristóteles o Platón— como de pensadores de su tiempo. Para él, el conocimiento no tenía fin, y los errores no eran fracasos, sino parte del camino. De ahí su célebre reflexión: “Cada error o cada revés es una oportunidad de aprendizaje.”

En una sociedad que muchas veces castiga el error, Marco Aurelio invita a verlo como una vía de crecimiento personal.

El arte de la reflexión diaria

Cada noche, antes de dormir, Marco Aurelio dedicaba unos minutos a revisar su jornada. ¿Había actuado con justicia? ¿Había sido sabio en sus decisiones? ¿Había mantenido la templanza en los momentos difíciles?

Esta práctica de autoevaluación no tenía como objetivo la culpa, sino la mejora continua. Una costumbre que hoy podríamos recuperar en forma de diario, meditación o simple pausa antes de cerrar el día.

Una rutina aplicable a nuestros días

La vida moderna no se parece en nada al Imperio romano, pero los principios del estoicismo de Marco Aurelio siguen siendo más actuales que nunca. Cultivar la calma, enfocarse en lo que se puede controlar, moverse a diario, aprender siempre y detenerse a reflexionar… no es una moda, es una filosofía de vida con más de dos mil años de historia.

Es Tiempo de Comenzar a Dudar de tus Dudas

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