Aristóteles dijo una vez: “Quien no hace nada, no dice nada y no es nadie tiene una ventaja sobre todos los demás: nunca se equivoca. Y una desventaja sobre todos los demás: nunca existió.”
Existe una forma perfecta de no cometer errores. Es conocida, probada y completamente infalible: no intentar absolutamente nada. Funciona siempre. El que no habla nunca dice una tontería. El que no actúa nunca falla. El que no se expone nunca recibe golpes.
El único problema es el precio. Y el precio es total.
La crítica no es una amenaza para quien hace cosas. Es una señal de que existe lo suficiente como para ser notado. Un libro que no molesta a nadie no cambió a nadie. Una idea que no genera debate no movió nada. Una persona que nunca incomoda a nadie probablemente tampoco le importa demasiado a nadie.
El miedo al juicio ajeno ha paralizado más vidas que cualquier fracaso real. Es una jaula invisible, elegida, con la llave siempre al alcance de la mano y sin embargo nunca usada.
Todos los que construyeron algo que vale la pena fueron criticados. Sin una sola excepción en toda la historia. La crítica no es evidencia de error. A veces es evidencia exactamente de lo contrario.
Elige bien qué temes más: que te juzguen por intentarlo, o que nadie recuerde que estuviste aquí.
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