Sabemos que en nosotros existen estas dos capacidades opuestas; la de destruir y la de crear, la de ser nocivos y la de ser buenos. Ahora bien, ¿son independientes la una de la otra? La voluntad de destruir, ¿está separada de la voluntad de vivir? ¿O la voluntad de vivir, de llegar a ser, es en sí misma un proceso de destrucción? ¿Qué es aquello que nos impulsa a destruir? ¿Qué es lo que nos hace irascibles, ignorantes, brutales? ¿Qué nos impulsa a matar, a buscar venganza, a engañar? ¿Es, acaso, una voluntad ciega, una cosa sobre la que no tenemos control alguno—llamémosla el demonio—, una fuerza maligna independiente, una ignorancia incontrolable?
El impulso de destruir, ¿es anodino, o es la respuesta a una exigencia más profunda de vivir, de ser, de devenir? Esta reacción, ¿no podrá ser superada jamás? ¿O su velocidad puede ser aminorada a fin de que nos sea posible examinarla y comprenderla? Retardar una reacción es posible. ¿O se trata de un punto ciego que jamás puede ser examinado, un efecto de la herencia, un resultado innato que ha condicionado de tal modo nuestro pensar, que somos incapaces de investigarlo? Y, por lo tanto, pensamos que hay un poder de destrucción, un poder maligno que no puede ser superado.
Por cierto, cualquier cosa que ha sido creada, compuesta, puede ser entendida por quienes la han creado. Este proceso dualista del bien y del mal está en nosotros para crear y para destruir. Nosotros lo hemos engendrado y, por consiguiente, podemos comprenderlo; pero para comprenderlo debemos tener la facultad de observarnos imparcialmente nosotros mismos, lo cual requiere un estado de percepción alerta y flexible.
O bien, podemos decir que en todos nosotros existe en potencia un mal latente, un poder que, en sí mismo, es destructivo. Aunque seamos afectuosos, generosos, compasivos, este poder completamente impersonal —como un terremoto— busca explotar en ocasiones. Y tal como no tenemos control sobre un terremoto y sobre otros actos de la naturaleza, así no tenemos influencia alguna sobre este poder.
Ahora bien, ¿es así? ¿No podemos, comprendiéndonos a nosotros mismos, comprender las causas que operan en nosotros para destruir y crear? Si podemos primero clarificar la confusión que existe en la capa superficial de nuestra mente consciente, entonces, por hallarse ésta libre y despejada, se proyectarán en ella las capas más profundas de la conciencia, con todos sus contenidos. Esta clarificación de la capa superficial llega cuando el pensamiento-sentimiento, al no identificarse con nada, tiene la capacidad de observar imparcialmente, sin comparar ni juzgar. Sólo entonces puede la mente consciente descubrir aquello que es verdadero.
De este modo, podrá comprobar por sí mismo si dentro de usted existe un elemento que está absolutamente fuera de su control, un elemento destructivo. Podrá descubrir, entonces, si éste es el resultado del condicionamiento, si se trata de la ignorancia, si es un punto ciego o una incontrolable fuerza maligna.
Sólo así podrá usted averiguar si es o no es capaz de superar ese factor de destrucción. Cuanto más se comprenda usted a sí mismo y, de esta manera, dé origen al recto pensar, tanto menos encontrará dentro de sí tendencia, ignorancia o fuerza alguna que no pueda ser superada. Y, a causa de esto, descubrirá un éxtasis que adviene con la comprensión, con la sabiduría. No es la fe ni la esperanza de los tontos.
Al comprendernos íntegramente a nosotros mismos, creando así la facultad de penetrar en lo más hondo de nuestro ser, encontraremos que no hay nada que no pueda ser examinado o comprendido. Desde este conocimiento propio surge la comprensión creadora; pero, debido a que no nos comprendemos, hay ignorancia. Lo que el pensamiento ha creado, el pensamiento puede trascenderlo.
Jiddu Krishnamurti
El espejo de la relación
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