Un día te vas a morir.
Y quizá lo más triste no sea eso.
Lo más triste será darte cuenta
de que pasaste años aplazando la vida,
cumpliendo horarios,
pagando cuentas,
respondiendo mensajes,
sobreviviendo responsabilidades,
mientras por dentro tu alma caminaba vacía.
Los días se repiten.
Despertar.
Correr.
Trabajar.
Resolver.
Aguantar.
Dormir.
Y al día siguiente, otra vez lo mismo.
Hasta que un día miras atrás
y no sabes en qué momento dejaste de sentir.
Porque estar vivo no es solo respirar.
También es mirar el cielo sin prisa.
Abrazar sin pensar en el reloj.
Reír sin culpa.
Llorar sin esconderte.
Perdonarte.
Empezar de nuevo.
Irte de donde te estás apagando.
Decir lo que sientes antes de que sea tarde.
Pero muchos viven en automático.
Con el cuerpo presente
y el corazón ausente.
Con la agenda llena
y el alma abandonada.
Con la vida ocupada
pero no necesariamente vivida.
El mayor drama no es morir.
El mayor drama es llegar al final
y descubrir que solo obedeciste,
solo aguantaste,
solo postergaste,
solo exististe.
Sin detenerte realmente a mirar.
Sin atreverte a amar como querías.
Sin hacer ese viaje.
Sin tomar esa decisión.
Sin pedir perdón.
Sin soltar esa carga.
Sin elegirte a tiempo.
Y quizá, cuando todo termine,
duela más lo que no hiciste
que todo lo que perdiste.
Porque hay personas que mueren una sola vez.
Pero hay otras que mueren todos los días
cuando traicionan sus sueños,
cuando silencian su alma,
cuando se acostumbran a una vida que no les pertenece.
No esperes a que la muerte te recuerde
que estabas vivo.
Despierta ahora.
La vida no es eterna.
Y el tiempo no devuelve nada.
No tengas tanto miedo a morir.
Ten miedo de llegar al final
sin haber vivido de verdad.
No hay comentarios:
Publicar un comentario