A veces creemos que la vida necesita años para transformarse.
Pero no siempre.
Hay cosas que cambian de un año para otro.
Un trabajo.
Una relación.
Una ciudad.
Una mentalidad.
Una versión completa de ti.
Otras cambian de un mes para otro.
De pronto empiezas a entender lo que antes te dolía.
De pronto pierdes interés en lo que antes perseguías.
De pronto ya no eres la misma persona que aguantaba lo que no merecía.
También hay cosas que cambian en un día.
Una llamada.
Una noticia.
Una decisión.
Una despedida.
Una oportunidad.
Una traición.
Un “sí”.
Un “no”.
Un “hasta aquí”.
Y existen cambios que llegan sin avisar.
En un abrir y cerrar de ojos,
la vida te puede quitar algo que creías seguro
o ponerte frente a una puerta que jamás imaginaste.
Por eso no vivas como si todo estuviera garantizado.
Ama mientras puedas.
Agradece mientras lo tienes.
Cuida tu salud antes de extrañarla.
Abraza antes de que sea tarde.
Trabaja por tus sueños antes de que el tiempo te cobre la factura.
Aléjate de lo que te destruye antes de que termines acostumbrándote al dolor.
Porque la vida no siempre avisa.
A veces solo gira la página.
Y cuando lo hace,
no pregunta si estás listo.
Hoy puedes estar perdido
y mañana encontrar una razón para volver a levantarte.
Hoy puedes estar roto
y en unos meses convertirte en alguien irreconocible.
Hoy puedes sentir que nada cambia,
pero basta un instante correcto,
una decisión valiente
o una sacudida brutal
para que todo empiece a moverse.
Nunca subestimes lo rápido que puede cambiar la vida.
Para bien o para mal.
Por eso vive despierto.
No postergues demasiado.
No te duermas en una realidad que ya te queda pequeña.
Porque a veces el destino no toca la puerta suavemente.
A veces entra de golpe
y te obliga a convertirte en alguien nueVO.
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