martes, 28 de julio de 2026

El primer mandamiento: ¿amor genuino o exigencia de sumisión?


El primer mandamiento: ¿amor genuino o exigencia de sumisión?
Tanto judíos como cristianos suelen afirmar que el principal mandamiento divino es “Amarás a Dios sobre todas las cosas”. Para el pueblo judío, ese precepto forma parte del Shemá Israel (Escucha, Israel...), extraído directamente del libro de Deuteronomio (6:4-5). Y dice textualmente: “Amarás al Eterno tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas”. Es la plegaria más sagrada de esta religión, y los judíos observantes la recitan obligatoriamente dos veces al día (mañana y noche).
En el ámbito del judaísmo del siglo I, el Nuevo Testamento nos describe (en Mateo 22:36-40), cómo un experto en la ley judaica le pregunta directamente a Jesús cuál es el mandamiento más importante, y él responde precisamente citando la liturgia judía del Shemá (Amarás al Señor tu Dios...), a la que añade un segundo precepto de Levítico (19:18): “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”.
No obstante, si acudimos a los llamados Diez Mandamientos tal como aparecen originalmente en los textos bíblicos, encontramos una formulación diferente. Tanto en el libro de Éxodo (20:3) como en Deuteronomio (5:7), el primer mandato es: “No tendrás dioses ajenos delante de mí”. Sin embargo, aunque la tradición cristiana posterior transformó esta idea en la fórmula “Amarás a Dios sobre todas las cosas”, ambas expresiones apuntan hacia una misma dirección: la exigencia absoluta de devoción hacia esa deidad.
Pero, ponte a pensar: ¿qué pasaría si una persona en una relación nuestra nos exigiera eso? Imaginemos por un momento a alguien que se presenta ante nosotros y nos dice: “Debes amarme más que a tu pareja, más que a tus hijos, más que a tus padres, más que a tus amigos…. ¡Ah! y una cosa más: no puedes admirar ni elogiar a nadie más que a mí”. Es evidente que desde el punto de vista psicológico semejante exigencia levantaría señales de alarma. De hecho, los psicólogos reconocen que una de las características de las relaciones sanas es el respeto a la autonomía emocional de los demás. En cambio, las personalidades posesivas, controladoras o narcisistas (personas que solemos llamar “tóxicas”), suelen demandar atención exclusiva, lealtad incondicional, y hasta obediencia absoluta.
Así que cuando alguien exige ser colocado por encima de todas las demás relaciones afectivas, interpretamos normalmente esa conducta como una manifestación de egocentrismo extremo o de necesidad patológica de control. Sin embargo, cuando la misma exigencia aparece atribuida a una divinidad, los creyentes simplemente dejan de analizarla con los mismos criterios psicológicos que aplicarían a cualquier otro personaje.
Ahora bien, hay que considerar que ese supuesto mandato principal de “Dios” tiene un contexto histórico: muchos investigadores consideran que los antiguos israelitas surgieron en un entorno profundamente politeísta, donde los pueblos vecinos adoraban diversas deidades asociadas a ciudades, regiones, fenómenos naturales o grupos étnicos. Y en ese contexto, el mandato de “No tendrás dioses ajenos delante de mí”, (o incluso “Me amarás a mí sobre todas las cosas”) puede interpretarse como una declaración de exclusividad religiosa destinada a fortalecer la identidad colectiva de un pueblo determinado. No se trata de una invitación a evaluar racionalmente cuál deidad merece mayor admiración, sino de una prohibición explícita de rendir culto a cualquier otra. Y visto desde esta óptica, ese “primer mandamiento” parece más cercano a una declaración de fidelidad obligatoria, que a una invitación libre al amor.
El caso es que al final, tanto para judíos como para cristianos, el mandato queda reducido a amar prioritariamente a su “Dios”, de lo que surgen varias preguntas: ¿Qué es el amor? ¿Qué significa amar? ¿Puede amarse a alguien voluntariamente o porque alguien lo ordene? Y para responder, contamos ahora con el enfoque de la neurociencia. Desde esta perspectiva, contrario a las concepciones románticas o religiosas, el amor no es una entidad espiritual independiente del cerebro, se trata más bien de un conjunto de procesos biológicos, cognitivos y emocionales, que involucran múltiples sistemas neuronales. Y entre las sustancias químicas más relacionadas con los vínculos afectivos se encuentran:
- La dopamina, asociada con la motivación, la recompensa y el placer.
- La oxitocina, relacionada con el apego, la confianza y los vínculos sociales.
- La serotonina, vinculada con la regulación emocional y el bienestar.
- Las endorfinas, que contribuyen a las sensaciones de seguridad y satisfacción.
Aunque sería una simplificación excesiva afirmar que el amor consiste únicamente en una mezcla fija de dopamina, serotonina y oxitocina, ya que el fenómeno es mucho más complejo, e involucra numerosas regiones cerebrales y múltiples sistemas neuroquímicos. Pero al final, lo importante es comprender que el amor es un estado biológico y psicológico, que emerge de la interacción entre nuestra historia personal, nuestras experiencias, nuestros recuerdos y nuestro funcionamiento cerebral.
¿Puede entonces alguien decidir amar por voluntad propia? Aquí encontramos uno de los aspectos más problemáticos del supuesto mandamiento divino: la neurociencia demuestra que las emociones no funcionan como interruptores que puedan simplemente encenderse o apagarse siguiendo una orden. En realidad, una persona puede decidir comportarse con respeto hacia otra, puede decidir ayudarle, o puede decidir actuar con cortesía con esa otra persona. Pero no puede simplemente ordenarle a su cerebro que experimente amor hacia alguien. Nadie puede despertar una mañana diciendo: “A partir de este momento, amaré a tal persona, porque así me lo propongo”. No, las emociones auténticas no obedecen a decretos. Y mucho menos pueden surgir debido a que el destinatario de ese amor así lo exige. De hecho, en las relaciones humanas ocurre exactamente lo contrario: cuando alguien trata de imponernos afecto mediante amenazas, castigos o exigencias, provoca más bien nuestro rechazo, en lugar de nuestro amor.
Por lo general solemos decir que nosotros amamos a quienes se lo merecen, o al menos que se lo merecen para nosotros. Y es que, aunque el amor humano no es completamente racional, suele estar influido por nuestras evaluaciones conscientes e inconscientes de las personas. Por eso tendemos a desarrollar afecto hacia quienes nos proporcionan bienestar, protección, compañía, apoyo emocional, admiración o confianza. En otras palabras, el amor se construye generalmente a partir de experiencias que percibimos como positivas. Por tanto, resulta incompresible que se nos ordene sentir amor hacia alguien, como obligación moral universal.
Claro, externamente podemos fingir cualquier cosa, porque las acciones pueden imponerse, pero las emociones no. Así, una persona puede simular amor por miedo al castigo o por presión social. Pero fingir amor y sentirlo son dos cosas completamente diferentes. Por tanto, la paradoja del llamado “primer mandamiento”, es que exige precisamente aquello que menos puede imponerse. Puede ordenársenos obediencia, silencio, sumisión, pero no el amor auténtico, el que surge espontáneamente de la experiencia subjetiva del individuo. Desde una perspectiva neurocientífica, ordenar a una persona que ame a alguien, equivale a ordenarle a su sistema nervioso que produzca un estado emocional específico (y ordenarle al organismo que produzca sustancias químicas específicas, como dopamina, oxitocina y serotonina), independientemente de sus percepciones, experiencias y evaluaciones personales. Y definitivamente no es así como funciona nuestro cerebro.
Por consiguiente, el mandato de “Amarás a Dios sobre todas las cosas”, puede interpretarse más como una exigencia de sumisión absoluta, que como la descripción de un sentimiento genuino. Y por tanto, la cuestión filosófica queda abierta: si el amor verdadero es libre y espontáneo, ¿puede seguir llamándose “amor” a algo que es exigido bajo la forma de un mandato?
Como una observación final, desde la psicología y la neurociencia modernas existe un amplio consenso en que las emociones no pueden imponerse directamente mediante órdenes. Lo que sí se puede es influir en las conductas y creencias. Y precisamente por eso, muchos investigadores distinguen entre obedecer, respetar o admirar, y amar, puesto que son fenómenos psicológicos muy diferentes.

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