Antes de que alguien saque la tea, la horca o el rosario de combate, que ya me habéis ajusticiado varias veces en plaza pública, conviene aclarar una cosa: este artículo no pretende burlarse de la fe de nadie ni dictar sentencia contra millones de creyentes que encuentran en la Biblia consuelo, sentido o tradición. Lo que vamos a hacer aquí es otra cosa: leer algunos pasajes bíblicos de forma literal, histórica e irónica, tal como aparecen en el texto, y observar qué sucede cuando se dejan de seleccionar solo los versículos amables y se mira también el sótano del edificio.
La Biblia es una obra monumental, compleja, contradictoria y decisiva para entender nuestra cultura. Precisamente por eso merece ser leída entera, no solo en versión perfumada de catequesis. Habrá quien se ofenda igualmente, claro. Hay personas que se ofenden hasta con el índice. Pero quede dicho desde el principio: esto no va contra la fe íntima de nadie, sino contra la costumbre, muy humana y muy vieja, de citar lo que conviene y esconder bajo la alfombra lo que deja manchas.
Una cosa es conocer los grandes éxitos del repertorio: el “no matarás”, el pesebre, el buen samaritano, los panes, los peces... y otra muy distinta es abrir el Antiguo Testamento, quitarle el "filtro" de la catequesis y encontrarse con un catálogo de guerras, lapidaciones, exterminios, saqueos, esclavitud, venganza y mujeres maltratadas. Así que, parece lógico pensar que, si la Biblia se presenta como palabra inspirada por Dios, entonces no vale quedarse solo con los versículos bonitos, también hay que mirar los otros.
Porque el famoso “no matarás” aparece, sí. De hecho, el propio libro recuerda el mandato del Deuteronomio. Pero unas páginas después, en ese mismo universo legal y religioso, se ordena que el hijo rebelde sea llevado ante los jefes de la ciudad y apedreado hasta morir. Y en Números se atribuye a Dios la orden de empalar cabecillas y atacar a los madianitas hasta acabar con ellos. La contradicción no necesita demasiadas explicaciones: por un lado, no mates; por otro, aquí tienes piedras, lanzas y permiso divino para organizar una carnicería con sello oficial.
Durante siglos, muchas lecturas religiosas han resuelto el asunto con mucha habilidad recurriendo a "esto es literal, esto es simbólico, esto era de la época, esto hay que contextualizarlo, esto mejor no lo saques en la comunión del niño". El resultado ha sido una Biblia de escaparate, perfumada y planchada, donde se citan fragmentos sueltos mientras se deja bajo la alfombra una cantidad bastante notable de material explosivo.
Según el recuento que se hace en el libro "Los pésimos ejemplos de Dios... según la Biblia", en la Biblia católica pueden encontrarse al menos 4.339 versículos relacionados con conductas violentas, negativas o moralmente problemáticas atribuidas a Dios, promovidas por él o protagonizadas por su pueblo. No estamos hablando de una nota al pie ni de una frase desafortunada escondida entre genealogías. El autor, Pepe Rodríguez, nos deja este "inventario":
- Matar o dar muerte violenta: 1.106 versículos.
- Relatos de guerra, batalla, asedio o ejército: 964.
- Exterminios masivos, arrasar, destruir, no dejar supervivientes: 515.
- Armamento de guerra: 509.
- Saqueo, botín y apropiación de tierras o bienes ajenos: 128.
- Esclavitud: 144.
- Y luego está el apartado de violencia contra las mujeres, donde aparecen violaciones, concubinas, mujeres como botín, prostitución forzada y asesinatos masivos de mujeres y niños inocentes.
Conviene hacer aquí una precisión importante, esto no significa que todos esos relatos deban leerse como “historia” en sentido moderno. La Biblia es una biblioteca de textos compuestos, reescritos, traducidos, interpretados y utilizados durante siglos. Mezcla mito, memoria tribal, propaganda política, legislación, poesía, teología y relato épico. El problema no es que un texto antiguo contenga violencia. Casi todos la contienen. El problema aparece cuando esa violencia se ha presentado, durante generaciones, como palabra moralmente ejemplar sin enseñar también sus zonas más oscuras.
Porque el Antiguo Testamento no es precisamente un jardín de infancia con arpas. Es un mundo de tribus, pactos, guerras, venganzas familiares, dioses celosos, ciudades condenadas y pueblos que se exterminan con la alegre convicción de estar cumpliendo una orden superior. En Deuteronomio, por ejemplo, se ordena no dejar con vida a nadie en determinadas ciudades entregadas como herencia, destruyendo a sus habitantes “conforme a la ley del anatema”. El propio autor resume ese pasaje con una frase que parece escrita en la puerta de un cuartel teológico: "conquista, somete, expolia, esclaviza, arrasa y mata". Y eso, claro, incomoda, porque obliga a leer la Biblia no como un manual celestial caído del cielo en edición de bolsillo, sino como una obra humana, antigua, contradictoria y atravesada por los miedos, ambiciones y violencias de las sociedades que la produjeron. Una obra fundamental para entender Occidente, sí. Monumental, también. Inocente, desde luego que no.
La Biblia ha sido usada para consolar, inspirar, justificar reyes, bendecir guerras, someter mujeres, liberar esclavos, perseguir herejes, defender pobres y levantar imperios. Los textos sagrados no son peligrosos solo por lo que dicen, sino por lo que sus lectores deciden recordar, olvidar o maquillar. Y cuando uno abre bien los ojos y lee sin "filtros", la cosa cambia.
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