viernes, 7 de agosto de 2026

Ese tipo de comentarios no son argumentos, son síntomas de una grave enfermedad social



En las últimas semanas he reducido la frecuencia de mis publicaciones sobre ateísmo. Sin embargo, hay noticias que no se pueden dejar pasar sin una palabra. Hoy me enteré del fallecimiento, a los 40 años, de Jonathan Asdrúbal Valenzuela Andrade, destacado ateo y librepensador ecuatoriano, administrador durante años de la página AteoDigital. Jonathan dedicó incontables horas a defender, con argumentos sólidos y valentía, el derecho fundamental a pensar libremente y a no tener creencias religiosas. En un mundo donde la disidencia suele castigarse con marginación, descalificaciones y amenazas de condena eterna, él alzó la voz para recordar que la dignidad humana no depende de un credo.
Subí una publicación reciente en su homenaje y, como era de esperar —y precisamente como muestra del fanatismo que Jonathan combatía con ideas—, no tardaron en aparecer los comentarios detestables. Los mismos discursos de odio de siempre: descalificaciones, burlas sobre su muerte, condenas al infierno y esa obscena satisfacción disfrazada de "misericordia" que solo revela la podredumbre moral de quien la profesa. No les bastó el dolor de una familia; necesitaban dejar claro que su dios castiga, que su doctrina no tolera la disidencia ni siquiera en el umbral de la muerte. Así actúa el fanatismo religioso: convierte el duelo ajeno en un campo de batalla para reafirmar su supuesta superioridad moral.
Ese tipo de comentarios no son argumentos, son síntomas de una grave enfermedad social que, como cáncer metastásico, corroe los cimientos éticos del alma humana. Hablan de una profunda inseguridad en sus propias creencias, porque quien está verdaderamente convencido de su fe no necesita pisotear la memoria de un difunto para sentirse seguro. Hablan de una alarmante carencia de empatía, esa que nos hace humanos más allá de cualquier altar. Y hablan, sobre todo, del fracaso de una educación dogmática que prioriza la obediencia sobre la compasión.
De un tiempo a acá me hice una promesa: dejar de enzarzarme en discusiones estériles con quienes solo buscan imponer, no entender. Antes perdía horas tratando de razonar con muros de intolerancia. Ya no. He comprendido que mi energía y mi paz mental valen mucho más que regalarles un escenario. Así que, a partir de ahora, los discursos de odio disfrazados de piedad no tendrán cabida aquí. Simplemente sus discursantes serán censurados en este espacio con un solo clic. Sin debate, sin eco, sin audiencia, sin circo. Porque una cosa es disentir con respeto —eso siempre será bienvenido— y otra muy distinta es escupir veneno sobre la tumba de alguien que solo defendió la libertad de conciencia. Resumiendo en lenguaje coloquial: quien solo venga aquí a joder, ya puede darse automáticamente por bloqueado en cuanto yo lea su comentario.
Hoy honro la memoria de Jonathan recordando su legado: pensar con valentía, hablar con honestidad y no arrodillarse ante quienes pretenden secuestrar la bondad en nombre de un dios. Mi más sentido pésame a sus seres queridos y a toda la comunidad librepensadora que hoy pierde a uno de los suyos. Su luz no se apaga mientras haya quienes sigamos defendiendo el derecho a no creer.
Prof. Ángel Miguel Lago Torres.

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