Cada día este cuerpo se acerca más a su degradación. Todos los seres estamos sujetos a la impermanencia, todos estamos cambiando momento a momento. Para una mente que no se cultiva, esta realidad puede sonar pesimista, puede saber amarga; para una mente repleta de deseos por satisfacer y metas inconclusas, solo hay pesar cuando se reflexiona sobre la transitoriedad de la vida.
Pero un noble discípulo que entra en el camino del Dhamma observa la degradación como un signo de la naturaleza que potencia la práctica: ¿si no hacemos que cada día sea una oportunidad para reducir el apego, la aversión y la confusión, cuándo llegará ese momento? ¿Si no practicamos diariamente, cuándo lo haremos?
Si contemplas a tu alrededor, la mayoría de las personas carecen de valores espirituales porque ocupan todo su tiempo en obtener posesiones materiales, en conseguir cosas, en ser más exitosas o más ricas. ¿Pero logras ver a alguien realmente contento y en paz entre tanta agitación? Siempre corriendo, nunca es suficiente, nunca hay armonía.
Ver el Dhamma es un regalo. Nuestras mentes están comenzando a dejar de correr detrás del mundo: para salir de la rueda, para purificar la mente, para estar libres de apego, aversión y confusión. ¿Qué propósito más grande podrías encontrar en la vida? Si mañana hubiera una gran catástrofe, si todo lo que lograste con esfuerzo y trabajo se perdiera, ¿qué quedaría si no es lo que cultivaste en tu mente? Si este cuerpo perece mañana, ¿qué te acompañará además de lo que cultivaste hasta hoy?
Así, cuando reflexionamos sobre la impermanencia y la insatisfactoriedad, no lo hacemos para volvernos indulgentes ni para vivir intensamente girando en la rueda de placeres como hámsteres; lo hacemos con sabiduría, lo hacemos con compasión, e inclinamos nuestros actos hacia una vida armónica para el beneficio de todos los seres.
No hay comentarios:
Publicar un comentario